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sábado, 6 de julio de 2019

Las apps y el amor... 1

Hacía casi un mes que hablaban, como sucede últimamente se conocieron por medio de una app de esas que están tan de moda en estos tiempos.
Cami estaba aterrorizada. Había llegado al restaurante con tiempo, de hecho, hizo lo posible para organizarlo todo y llegar antes.
La idea era poder acomodarse y tranquilizarse, pero solo lo consiguió a medias.
Cuando se llega a la edad adulta, soltera, no es fácil conocer hombres. Sin mencionar que las mujeres nos volvemos... ariscas (quizás sea una buena elección de palabra). Nos acostumbramos a vivir solas, a resolver nuestros problemas y altibajos emocionales, solas. Nos hacemos fuertes. Tanto, que cuesta volver a darle espacio a otro en esa vida robusta, cómoda y sin amenazas que nos armamos.
Mientras esperaba miraba alrededor, las otras mesas, parejas que parecían perfectamente cómodas juntas... y sintió cierto cosquilleo de envidia.
Sonó el celular: "No te veo, estás adentro?"
- Sí, apenas te escucho...
- Pero, dónde estás?
- Vas a tener que entrar, estoy en una mesa detrás de la puerta.
Cortó. Cortó con un rayo de incertidumbre que le recorrió la espalda. Y siguió esperando, dudaba si mirar la puerta o hacerse la relajada y mirar a otro lado.
Pero inmediatamente lo sintió cuando cruzó la puerta y miró, miró descaradamente.
Él se acercaba con una sonrisa que a ella le daban ganas de mirar el suelo.
Cuando él se sentó a la mensa y la saludó sus nervios la estaban matando. Quería moverse, hablar o salir corriendo.
Mariano le dijo algo y ella se disparó a hablar, de cualquier cosa, no importaba qué. Algo que no la hiciera mirarlo directo a los ojos, algo que hiciera menos íntimo ese momento.
Su voz sonaba tal como la recordaba. Suave, tranquila, dulce. De pronto se le vinieron a la cabeza retazos de conversaciones y, otra vez, quiso salir corriendo del restaurante sin mirar atrás.
Él le preguntó si quería café, eran las 9.30 pm así que se atrevió a decirle que prefería vino, necesitaba vino, porque estaba muy nerviosa.
Mariano se rió, pero pidió el vino.
Mientras el mozo se retiraba con el pedido, él le acarició la mano que descansaba cerca de la mitad de la mesa.
Sintió un latiguillo suave y cálido, estaba calmándole el corazón. No se sentía mal, se sentía increíble. Raro, extraño, afectuoso... cuánto hacía que alguien no se portaba cariñoso con ella?
El mozo llegó, sirvió el vino, tomó el pedido de la cena y desapareció sin casi decir nada.
Cami sintió como se reconectaba con su feminidad, su vulnerabilidad y cómo se le abría un poco más el corazón.
Por un rato, dejó de tener miedo. Dejó de pensar todo lo que podía salir mal. Se olvidó de la distancia, de que los dos tienen horarios imposibles y responsabilidades.
Comieron tranquilos, relajados, mirándose, tocándose las manos...
Se sentaron en una escalinata, en una esquina medio oscura, con un barcito que seguía abierto aunque era tarde.
Se besaron y se susurraron cosas tiernas. Él la abrazó y ella sintió como terminaba de derretirle el corazón.
Cami con no pocas dificultades le dijo que esa noche no. Que si volvían a verse... Ella se subió a un taxi, él le pidió que le avise cuando llegara a casa para saber que estaba bien. Y ella no quiso mirar atrás, a todo eso que le había dejado entre los brazos y los rizos del pelo. Los besos, los miedos, los deseos, la esperanza. No quiso volverse a mirarlo, pero sintió como el corazón le revoloteaba de nuevo en el pecho.
Por un mes volvieron a hablar, se pelearon pro primera, segunda y tercera vez. Y todas esas veces volvieron para decirse "te extraño" y arreglar las cosas.
Parece que ahora, dentro de poco, se van a ver de nuevo...


Un par de veces retiró la mano mientras trataba de sostener algún tipo de conversación, pero él despacito se la volvía a agarrar aunque sea para hacerle un mimo o dos antes de que Cami la sacara de nuevo.
De pronto, como si un haz de lucidez le pegara en la frente se dio cuenta que hacía rato que Mariano apenas hablaba...
Entonces lo miró. Levantó la cabeza, abrió los ojos y el corazón y lo miró.
Él le sostenía la mano, sonreía y la miraba de frente, con una especie de dulzura, ternura, comprensión... eran los ojos marrones más amorosos que había visto... en años!
Y se quedaron así, mirándose, por un rato. Cami no retiró la mano, sino que entrelazó los dedos con los de él. Y ya no sintió la necesidad de hablar para superar el silencio, para no hacerse cargo de la intimidad de ese momento.
Se estaban viendo y tocando por primera vez en un mes. Se habían contado muchas cosas, se habían reído de otras...
Ellos seguían tomados de la mano, mirándose... en un suspiro, él se levantó, pasó el cuerpo por encima de la mesa y la besó. Fue tierno, decidido, amable.
Cuando salieron del restaurante era tarde, pero ninguno quería separarse. 
M - Damos una vuelta? Ya no sé ni para dónde queda el hotel...
- jajaja dale, caminemos un poco y te acerco...
Caminaron de la mano, besándose cada tanto como dos chicos enamorados... Ella amaba la sensación de tener que ponerse en puntas de pie para besarlo... aunque llevara tacos.
La abrazó suave, pero firme... y por unos minutos no la soltó. Cami se sintió protegida y segura... en años. Si pudiera elegir, ese abrazo no se hubiera terminado nunca.
Un loco pasó en moto y gritó en la esquina ¡Viva el amor!
Ellos se soltaron, se miraron y no podían parar de reírse. Esas cosas te pasan a los 15, no a los 40. Pero ahí estaban, robando tiempo a la noche, guardando besos hasta en los bolsillos mientras una esquina en penumbras les hacía de refugio.
Mariano la invitó a dormir con él. Solamente para perpetuar por unas horas más el abrazo, el calor, la compañía y eso que los dos sentían que estaba naciendo...

lunes, 23 de marzo de 2015

Cartas

Hoy estaba releyendo posts viejos de este blog, dioses, como los disfruté. Como amé cada debate, cada cuento, cada comentario.
Qué suerte inmensa tuve de tener los lectores que tuve. Qué lujo de comentaristas.
Y ahí estaba, llena de nostalgia, extrañando las musas que me inspiraban cada línea, cuando me di cuenta que en realidad, mis musas eran ellos, ustedes, los que me leían.
Cada vez que me sentaba a escribir, imaginaba los comentarios, las charlas, los debates. ¿Les gustaría este post, este tema, este cuento? 
"Y un insolente sol, como un ladrón, entró por la ventana. (...) y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido..."

Tenía a mano un mazo, un oráculo, de "Shapeshifters Oracle". Lo miró dubitativa, la electricidad de su cuerpo pareció centrarse en su brazo derecho. La expectación empezó a hacerle cosquillas en los hombros. Miró el mate humeante, el cigarrillo número 10 del día, miró también la cocina... era hora de comer, pero no tenía apetito.
Si se ponía con ello, adiós a la hora de almorzar.
Otra vez comería tarde, otra vez sin ganas, como un trámite.
El apetito no era lo único que los últimos años se habían encargado de llevarse. La desmotivación la abatía y cada mañana se esforzaba por luchar contra ella. Cada mañana meditaba, se centraba, agradecía.
Cada día se recordaba que las cosas pasaban por algo, que ya todo cambiaría. Un día más trabajando en ella, en todo aquello que creemos que debemos cambiar, que nos hará mejores, que nos traerá ese cambio que deseamos.

Y no llega. No llega y la tentación de mirar al abismo una vez más, es demasiado grande. 
Cierra los ojos, inspira, exhala, se centra. Visualiza sus temores, su desconfianza, les da forma: son una nube de tormenta, y de pronto un rayo de sol se filtra por sus espacios en blanco, y la va separando, abriendo, desintegrando... la nube se mueve, se deshace, y el sol asoma poco a poco, dejando a su paso un cielo celeste, luminoso y límpido.

Inspira, exhala, se centra, sonríe, agradece.

Toma un mate y vuelve a mirar el mazo... ¿será una señal? 
Piensa: "no existen las casualidades, solo las causalidades". Asiente con la cabeza, pone la mano sobre el mazo, la arrastra, con las cartas debajo de ella, formando un medio círculo... una onda sobre la mesa... saca una.

• Dragonling Garden •
(Ilustración de Jasmine Beckett-Griffith y oráculo de Lucy Cavendish)

Aquí una pequeña cambiaformas dragón, se sienta bajo el cielo de la noche, en un bosque, con un grupo de amigos animales del bosque. Detrás de ella hay una pequeña laguna rodeada de exuberantes pastos y plantas verdes. Con ella están todos los animales que recién comienzan, jovenes, nuevos y ella los abraza con esperanza y una gran sensación de paz.
Debajo de la carta, la inscripción predice: "Un nuevo mundo ha nacido".

Sin duda, te sientes con un poco de sentido de renovación y esperanza esta semana, ya que las cosas empiezan. Es un nuevo comienzo. Es un tiempo para crear lo que sea que realmente deseas y tienes los recursos para hacerlo. Pero esta carta trae un mensaje y una lección también *con el fin de tener la libertad de hacer lo que quieras, tienes que estar listo para renacer*. Tienes que estar dispuesto a dejar completamente lo viejo, lo antiguo, el pasado, atrás; de lo contrario, no hay espacio para que un nuevo crecimiento acontezca realmente.

Ya que estas trabajando con las criaturas de este mazo, debes considerar la posibilidad de iniciar una transformación para cambiar tus percepciones. Cambiar la forma de ver el mundo. Cambiar la forma en que te ves a tí misma. ¿Te ves como "menos"? ¿Te ves incapaz de hacer grandes cambios? A medida que aprendemos a cambiar de opinión acerca de lo que vemos y sentimos dentro de nosotros y el mundo que nos rodea, es que somos capaces de liberarnos de lo viejo, del pasado y nos descubrimos abiertos a lo nuevo.

Vaya... a veces es como si las cartas supieran lo que pasa dentro de uno. Un nuevo nacimiento, de eso se trata. Más bien, diría, una nueva encarnación. Porque algo de lo viejo se ha quedado adherido a lo nuevo. Algo de lo que era se ha perdido, algo de lo que era es parte de lo nuevo... es como pasar por el fuego. Si bien en algún momento deja de quemar, ahí estarán las cicatrices que nos hicimos en ese tránsito. Y de ahora en más, serán parte de nosotros.
Pero es cierto, hay algo nuevo. Las hemos asumido, aceptado, incluso abrazado. Lo suficiente para que no duelan, para que no nos definan. Para que ya no seamos más las cicatrices, sino una persona con cicatrices.
Lo suficiente para que incluso a veces, nos olvidemos que están allí. Y entonces... oh, inspira, exhala, céntrate y sonríe. 
Y esa sonrisa vuelve a ser fresca, esperanzada, creyente, sincera, maravillosa.
Sí, un nuevo mundo ha nacido.
Entonces, si ya las cicatrices no me detienen, que lo hace? Serán antiguas percepciones? 

Suena la puerta, unos golpecitos bajos que la sobresaltan. Leila ("hermosa como la noche"), abre la puerta y recibe con una sonrisa a su amigo del alma, Eduardo, Edu para los amigos... ja!
Quizás, llamarlo amigo podría sonar raro, ya que fueron amantes por un tiempo. Un tiempo que no era el de ellos. Lo que ahora llaman "timing". Estaban "desincronizados" y, como era previsible, todo lo que fue y lo que pudo ser, se fue bien a la mierda.
Casi dejaron de ser amigos incluso.
Pero por esas cosas de la vida, que los dos supieron entender, decidieron no dejar que "el momento" signara su amistad. Y, poco a poco, se fueron rehaciendo y reconstruyendo lo que una vez tuvieron. Una maravillosa amistad.

Un punto en contra fue que vivían en el mismo edificio de apartamentos. Eso los obligó a cruzarse mil veces sin mirarse, a lastimarse mutuamente otras mil veces, pero también: a reencontrarse y romper esa barrera que la vida había puesto entre ellos.

- Che, el mate está caliente?
- Sí, bah, no sé, creo. Mejor lo arreglo.

Edu se sentó cómodamente en el sofá, apoyó los pies con zapatos y todo en la mesita ratona y desde ahí miró a Leila en la cocina.
También vio sobre la mesa del comedor las cartas, el repasador naranja, el posa pava, y un libro cerrado con una esquina doblada.

- Viste que anoche salí con los pibes? después del partido... Fuimos a ese boliche que tanto te gustaba, el de la fluvial.
- Ah, si? A vos no te gustaba, decías que era "cheto"...
- Sí, ése. No está tan mal después de todo...

La risa que salió de la cocina lo hizo sonreír...

- Eso es porque dejaste de hacerte el hippie, encontraste un empleo como la gente y te dejaron de gustar las minitas que no se depilan y la cerveza barata...
- Eh?! Qué tenés contra los hippies?!
- Nada, pero siempre supe que no tenías alma de hippie jajajaja Los hippies no se gastan 10 lucas en un juego de video!!!
- Cierto, punto para vos. Pero... vos eras una "chetita" y me gustabas.
- Ok, era la excepción a la regla. A tu regla. 
- Estás bien? Digo, por lo general cuando usás tus cartas para vos, es que algo no va bien...

Leila se sentó en la otra punta del sofá, con una pierna debajo del culo y la otra apoyada en el piso, de costado, mirándolo, con el mate y el termo en la mano...

- Tan transparente soy?
- Pseee
- No estoy mal, está todo bien, como siempre...
- Y es el "como siempre" lo que te jode.
- Sí, no... sí. A ver, sé que tengo que agradecer que todo está bien...
- Pero también te aburre que ese estar bien, signifique que todo sigue igual, no?
- Seh
- Y que querés que no tengas?
- Todo lo que tengo lo quiero. Es decir, me gusta que esté todo bien, me gusta esta paz, mi tiempo para mí misma, para las cosas que quiero hacer, pero...
- Pero.

Se miraron sin decirse nada, porque los dos sabían que ese "pero" era una charla que no querían tener. Eran amigos, pero ya no tanto. O sí... pensó Eduardo.

- Tengo un amigo, Joaquín, terminó una relación seria hace como 3 años y se está planteando que es el momento en que está listo para seguir adelante. El otro día nos decía que quería conocer a alguien, volver a enamorarse... bueno, en plan de como los hombres nos contamos las cosas, sin tanto romanticismo ni sensibilidad... ¿Querés que te lo presente en la reunión del viernes?

Leila se sorprendió. Edu siempre la sorprendía. Siempre iba un paso delante de ella. Él era mejor amigo que ella. Se preguntó si ella le presentaría una amiga a él, tal vez no. 

- No sé, no me gustan las citas arregladas. Siempre son un asco. El tipo está bueno?
- Lei, no sé si está bueno, soy hombre, no me fijo si mis amigos están buenos!!! Pero a las minas les gusta. No te digo que sea tipo Jhonny Deep, pero tiene buen levante.
- Mmmmm
- Y es buen tipo, no anda con boludeces, dice lo que tiene que decir y si se pone las pilas, no anda buscando con quien ponerte los cuernos. Que yo sepa, no le metió los cuernos a ninguna novia, sino no te lo presentaba...
- Ok, pero no le digas nada...
- O sea que le tiendo una emboscada a mi amigo por vos.
- Ufa. Si él también lo sabe los dos nos vamos a sentir presionados... es lo malo de las citas a ciegas.
- Claro, y así vos podés mirar y decidir, sin que nadie lo sepa. Salvo yo.
- Bueno Edu, si te jode, no voy a la reunión, ni lo conozco, y no pasa nada, fue tu idea.

Touché, por alguna razón, algo de toda esa charla no dejaba de molestarlo. Primero fue ese ramalazo de energía que le recorrió el cuerpo y ahora era ese fastidio que empezaba a sentir.

- Cambiando de tema... 
Y de pronto, Leila hablaba de sus amigas, de la salida de compras, de los zapatos de taco y el vestido nuevo que se compró...
- ... creo que me lo voy a poner el viernes, si todavía querés que vaya.
- Sí, quiero que vayas, no seas boluda!

Ella simplemente sonrió, se le iluminaron los ojos y le palmeó la pierna:

- Bancame un toque que me lo pongo y te lo muestro!

Edu también sonrió, era imposible no hacerlo cuando ella era tan feliz. Y tan "chica". Por momentos se olvidaba que su amiga, también era mujer. Y entonces ella se iluminaba por completo ante la posibilidad de probarse un vestido.
Leila volvió mientras él masticaba una masita con dulce de membrillo. Y lo dejó boquiabierto. Por un segundo imaginó al lobo de los dibujitos con la quijada cayendo sobre la mesa.
El vestido era un simple vestido de verano de algodón. Blanco, con flores rojas. Con un escote corazón y la cintura marcada. Parecía una chica pinup voluptuosa, lista para ir de pic-nic a un parque. Muy onda '50.

Ella dio, coqueta, una vuelta mientras se reía.

- Y? Te gusta?

Eduardo terminó de tragar la galletita, se tomó un mate, con cara de poker, para tragarse el cagazo, mientras ella iba borrando la sonrisa de su cara.

- No te gusta...

Él simplemente se levantó, cruzó en 4 zancadas el espacio que los separaba, unió su boca a la de ella, mientras con las manos le apretaba la cintura, como si sin ese asidero, fuera a caerse en un abismo sin fondo.
Era más alto que ella por 30 centímetros, así que la levantó un poco para besarla profundamente, mientras sin saber como la empujaba hasta la pared. Dejándola sin escape, sin posibilidad de huida. Apretándose a ella y su cuerpo todo lo que podía.

Cuando la soltó, Leila sentía como le temblaban las piernas. Quiso pensar, pero era imposible, se sentía mareada. Se le nublaba la vista. El cuerpo se le había aflojado hasta casi no sostenerla en pie.

- Vaya, sí que te gustó... - fue lo único que se le ocurrió decir -

Eduardo no la había soltado y respiraba agitado, sin decir una palabra.

- Supongo que al final no vas a presentarme a Joaquín.

Él hizo una mueca entre sarcástica y desafiante. Tenía el cuerpo en tensión, como un tigre preparado para saltar.
Y saltó. 
Su boca le quitó el aire, la devoró, recorrió su boca con ansias, sin esperas, sin cuidados, con pasión. La fue empujando hasta la habitación, mientras ella boqueaba por respirar y reía haciéndole cosquillas en los labios.

"Algo viejo que es parte de lo nuevo..."

domingo, 7 de octubre de 2012

Pitonisa

Sencillamente no le gustó lo que vio.
Se preparó un baño de inmersión con agua de azahar y burbujas. Puso música lenta y se sumergió en la tina.
Se dejó estar. Se dejó llevar por la música, el calor y el vapor.
Cerró los ojos pidiendo que no se le bajara la presión.

Cuando el agua comenzaba a entibiarse, se puso de pie y se enjabonó. Un último zambullón y afuera.
Se frotó suavemente la toalla por el cuerpo, la sintió deslizarse delicadamente por cada parte de su anatomía. Se detuvo disfrutando de la visión de la mullida tela recorriéndola, absorbiendo gota a gota, casi eróticamente.

Sintió sus piernas tibias y débiles, como fuera de su cuerpo...
Sacudió la cabeza y decidió que era mejor ir a dormir. Fue a la cocina, se preparó una taza de té de jazmín, dulce en su aroma y en su sabor.
Paladeó el primer sorbo y se pasó la lengua por los labios, tibios y aterciopelados.
... Muy caliente todavía.
Abrió el libro de hojas amarillentas y el olor a viejo, cosquilleó en la punta de su nariz.

Leyó por un rato, mientras tomaba el té.
El sueño la atrapó por sorpresa. Otra vez la visión del cristal. Otra vez la sensación de angustia atenazándole la garganta.
Se despertó sobresaltada con un grito pulsando por escaparse de su boca, el corazón acelerado y las pupilas dilatadas.
Cerró los ojos y una lágrima colgó de sus pestañas.
En la oscuridad sintió frío.

Fuera se oían pájaros cantando, el sol asomaba por la ventana y, a lo lejos, un perro ladraba.
Mientras ponía el mate y abría la puerta al patio puso a quemar ruda, laurel y romero en una olla.

Un golpe en la puerta la sorprendió. En pantuflas, bata y, aún con el pelo revuelto, se acercó a abrir.
Cuando vio a Gonzalo solo atinó a parpadear.

Mientras el mate se le resbalaba de la mano, la premonición de la noche anterior, la asaltó violando el sol que se colaba por la ventana...
El joven se echó sobre sus brazos con el pánico y un dolor más profundo que un abismo embargándole la mirada...

- Lo siento, Stella, tenía que decírtelo yo...

Cuando miró el piso, solo pudo fijar su mirada en la yerba que se desparramaba por los mosaicos... y una línea de agua verdosa que se dirigía directamente hacia ella.
El sol se había ocultado. Ya no volvería dormir... nunca.

jueves, 31 de mayo de 2012

LA VIEJA

La vieja la miró fijamente.
A pesar de que intuía que la miraba con los ojos muy abiertos, apenas si podía notar el esfuerzo. Sus parpados se habían vencido bajo el peso de la piel sobrante que se apelmazaba de arrugas y caían lánguidas sobre los ojos. 
No parecían muy abiertos, pero Nadia sabía que la miraba fijamente y que aquella no era una mirada de sospecha... que aquellos ojos entrecerrados, en realidad, no lo estaban. Pero sí, la anciana, estaba evaluando la situación.
La vieja se relajó y se tiró hacia atrás, recostando ahora todo su cuerpo en la mecedora. Cerró un segundo los ojos, sonrío, volvió a abrirlos... miró a Nadia seriamente, retrayendo la sonrisa y dijo:

- No.

Nadia la miró con las cejas levantadas y la boca abierta, incrédula.

 - ¿Cómo?
 - Dije que no. - respondió la anciana. 

Nadia sacudió la cabeza intentando entender. La miró con cara de "estar papando moscas", mientras esperaba que la vieja soltara una carcajada o algo parecido... pero no pasó.
Una vez recuperada de la sorpresa, se secó el sudor de la palma de las manos en el jean, dio dos golpecitos sobre las rodillas y se puso de pie.
Con todo su cuerpo convertido en un bloque de hielo y sin mirarla a los ojos, dijo:

- Bueno Doña Itatí, muchas gracias. - mientras pensaba "por nada".

La anciana se limitó a asentir con la cabeza y cerrar los ojos mientras comenzaba a hamacarse en la silla, dando por terminada la entrevista.
Nadia con los puños cerrados, rígidos y apoyados a los lados del cuerpo, bufó, dio media vuelta y comenzó a salir de la galería de la vieja casa, medio derruída, como su propia dueña.
Mientras caminaba hacia la enorme camioneta de doble cabina, iba mascullando palabrotas y repitiendo en voz queda: "es completamente ridículo".

- Esta mujer ya está totalmente senil.

Enojada se subió a la camioneta, azotó la puerta y golpeó el volante tres veces hasta que sintió disminuir la ira... apoyó brevemente la cabeza sobre sus manos y para cuando la levantó, su mirada era fría y decidida.

Cuando llegó a la estancia, sus padres la esperaban. Su padre era descendiente de criollos, un terrateniente de un campo gigantezco que nadie conocía. Su madre, descendiente de aborígenes, bella, con esos rasgos exóticos, la piel oscura y ojos color miel que la miraban expectante.

- Dijo que no. - Soltó Nadia enojada todavía.

Sus padres se limitaron a asentir con la cabeza, silenciosos.

- No me importa - dijo Nadia - Voy a ir igual.
- No. - dijo su padre.
- Papá, es absurdo. No voy a dejar que una vieja senil que vive en medio de la nada, decida mi agenda.
- No. - repitió él.
- Papá, esto es el siglo 21, soy una adulta, en esta casa hay desde microondas hasta wi-fi...

Sus padres la miraron inmutables y silenciosos.
Nadia los miró con desprecio y una sonrisa soberbia en el rostro... meneó la cabeza y se alejó a los establos.
Su madre hizo un movimiento hacia ella, que Nadia no vio. Su marido la detuvo sosteniéndole suavemente el brazo.

- Acá las cosas siguen siendo como son, como deben ser.

Ella solo inclinó la cabeza y se dirigió a la puerta, solo para ver salir a su hija montando un alazán de pura sangre a toda carrera.
Se le hizo un nudo en la garganta cuando la vio saltar la tranquera y largarse velozmente, con el pelo al viento, tan rapida como el mismo viento, tan tensa como los músculos correosos del animal que montaba.
Era una amazona, un centauro con sangre india en las venas. Y estaba furiosa.
Su marido se colocó detrás de ella y simplemente la tomó de la mano.

Pasaron dos lunas. Su hija aún no les hablaba. Se limitaba indiferentemente a realizar sus tareas en la estancia, comía con premura en la mesa y se recluía en su habitación o salía desaforada a desfogar su odio en temerarias carreras hípicas por la estepa.

Al mediodía del tercer día, mientras almorzaban en la mesa, Nadia se atragantaba con la comida, para retirarse lo antes posible.
Como no miraba a sus padres, solo por molestarlos y herirlos, porque estaba enojada; no pudo ver la mirada que cruzaron mientras su padre levantaba el volumen del LCD del comedor.
Se quedó con el tenedor a medio camino, la boca abierta y el bocado anterior a medio masticar...

El periodista decía:
- Repetimos la información, se ha producido un terrible choque en cadena en la ruta, a la entrada de la ciudad de Bs. As.
Un camión chocó contra otro que transportaba nafta. Otros vehículos no pudieron detenerse a tiempo por la niebla que cubrió nuestra ciudad la mañana de hoy, produciéndose una enorme explosión... Hay al menos 20 vehículos afectados, la ruta debió ser cerrada, personal del cuerpo de bomberos está trabajando en la zona.
Aún no sabemos cuántas víctimas fatales se han producido, pero las ambulancias no dan abasto para trasladar a los heridos y quemados.
La polícia refiere que dada la violencia de la explosión se ha producido una psicosis colectiva, algunas personas han sido atropelladas por otras que intentaban huir del desastre, y otras muchas, se encuentran en estado de shock y desorientadas.
Ampliaremos cuando haya más novedades, volvemos a estudio...

Su padre volvió a bajar el volumen de la televisión y silenciosamente se volcó nuevamente a la comida.
Su madre se pasó mansamente las manos por el delantal, en un gesto totalmente mecánico, mientras no levantaba la mirada del mantel, como si éste hubiera  cobrado vida.

Al otro lado de la tranquera, en medio de la nada, una anciana más arrugada que matusalén, sonreía y apagaba la televisión.

miércoles, 25 de enero de 2012

CORAZÓN DE MUJER

Siempre creyó en la magia, en aquellas cosas que "son invisibles a los ojos". Devoró libros, pinturas, imágenes; de hadas, unicornios, hechiceros, brujas, dragones... leyendas, cuentos, historias antiguas, escritas, de transmisión oral... de generaciones que ya no oían el llamado de la tierra ni se dejaban acariciar por el sol. Absorviendo lo que no era suyo porque ella sí sabía bailar bajo la lluvia.

Con el fuego llegó la serenidad, la paz de su mediodía. Llegaron las notas ligeras del rocío que se riega sobre las hojas. Con el fuego se consagró y puso su frente mirando siempre a la luna. Orgullosa, magistral y feliz se consumió en su propia grandeza y completud. 
Cuando la veían pasar muchos temían, otros se alejaban, unos pocos la comprendían pero casi nadie la conocía. Conocerla realmente, con su luz, su brillo, sus manos aladas y la arrolladora certeza de su ser.

Caminaba por la vida con la sonrisa bailándole en el rostro. Sabía que la dicha se escoge como forma de vida, que no se necesitan sucesos socialmente notables para ser feliz. El sólo hecho de sentir el calor tibio del sol sobre la piel, la brisa de un atardecer jugando en el rostro, la vista del río que corre pacífico, un cachorro de perro que se deleita persiguiendo a los pájaros... cada maravilla, de cada segundo en que uno pueda detenerse, parar el mundo y disfrutar... trae consigo la felicidad y la dicha.

Ella se abrió, se despojó de todo, menos el corazón. Como todos los animales, corren libres como el viento y sólo pueden ser domesticados, frenados, por un llamado más fuerte que el de "lo salvaje". El del corazón.

Cuentan que por ello pudieron domesticar a la mujer loba y someterla. Dicen que el amor y la confianza es la única forma de cazar y apresar sin necesidad de matar.

Y ella descuidó en su felicidad el corazón. Su corazón. Dicen que una luz cálida lo rodeaba, que ella a todos les contaba que lo había visto brillar.
Nadie le creyó o nadie lo entendió. Él no se destacaba precisamente por su espiritualidad, tampoco parecía ser distinto a los demás. Quienes la oían se preguntaban qué podía existir entre alguien "como ella" y alguien como él. 

Él encajaba perfectamente en todos lados. La sociedad del lugar se abría paso para dejarlo pasar. Ella apenas era mirada, al menos, hasta que sonreía. Con sus labios iluminaba como la luz de la luna que la bañaba. Y nadie sabía que podía ver en él.

Pero la luz que la unía como un delicado hilo de plata a él, sólo ella la escuchó llamarla. Él no pudo oirla, verla. Solamente y sin querer, la sintió alejarse.
Algunos creen que ni siquiera se percató de su cabeza baja, de sus brazos caídos y la espalda doblada por un peso invisible.

Quienes más veían, sintieron el sutil sonido de sus alas quebrarse. Aquellos de corazón abierto presintieron su pesar, y sin que fuera pronunciado, en sus cabezas el lamento retumbó.

Ella se escapó de nuevo a sus libros, sus hojas, su sol que entibió la sangre que se le había helado. Se dejó arropar por la brizna verde del parque. Miró a la luna, se miró a sí misma, llamó a sus dragones para que con su aliento la ayudaran a respirar libre de nuevo... y dejó irse su corazón, allá dónde el río quisiera llevarlo.
.
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jueves, 24 de febrero de 2011

ABISMO

Lo más probable es que nunca pudiera entender los "por qué".
Él no podía saber como se habían dado las cosas para ella, no le interesaba saber ¿o sí?
Julia se había extendido sobre la cama, con el pelo desordenado sobre las sábanas claras y sencillamente lo había mirado con los ojos entrecerrados y perezosos.

Apenas había pasado una hora desde que se había entregado a los besos de su boca que lo exploraban y se relamían mientras él intentaba detener el cúmulo de sensaciones que se arremolinaba en torno de aquél cuerpo serpenteante.

Julia se incorporó lentamente, y apoyó la cabeza sobre su ombligo... quiso mirarlo aletargada y somnolienta, pero apenas podía levantar la cabeza.
Gerónimo pensaba en el momento de irse, de huir. ¿Cuando sería cortés? ¿Cuándo no sería desagradable? ¿Por qué junto al deseo de escapar se sentía tirado por una fuerza extraña que lo impelía a perderse en aquella mirada?

Sin pensarlo su mano comenzó a juguetear en su pelo, bajó por su espalda... acarició la tersura de su piel marmórea... por su nariz penetró el dulce aroma de su sudor, de su cansancio, de ella. De pronto todo era ella. Y se contuvo para no correr.
Escuchó a Julia suspirar, pero el suspiro era casi un gemido, un sutil ronroneo. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿15 minutos, media hora?
Se puso de pie.

- Voy al baño.

Ella ni siquiera respondió. Sólo se movió sobre las sábanas como acariciándose con ellas, como refrescándose con la tela suave que se desmayaba bajo su cuerpo.
Por un segundo la miró y volvió a temer. Pensó en nunca más tenerla y un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Pensó en volver a tenerla y no pudo evitar la mirada al abismo. Atrapado.

Cuando regresó ella parecía más espabilada y lo miró con coquetería. Lo deseaba de nuevo, podía ver el fulgor que emanaba su piel, el calor que transmitían sus ojos, la tensión con la que cada músculo de su cuerpo esperaba a que él se acomodara a su lado.

- Tengo que irme, mañana trabajo temprano.

Era una excusa, los dos lo sabían. Julia asintió con la cabeza y se puso de pie también para vestirse. 
Gerónimo le sugirió que se quedara en la cama, que simplemente se iba, ella lo rechazó con un gesto de desdén que decía "No hay problema".
Una vez fuera, se despidieron. Él se fue, ella regresó a casa, satisfecha.

Él no mencionó que fuera a volver, ella no preguntó nada, pero aún lo espera.
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domingo, 16 de mayo de 2010

ALICIA EN EL PAÍS DE LAS MARAVILLAS

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Alicia se considera una chica moderna. Bien de este siglo, con pocas reminiscencias del anterior. Así que esa noche pensó en lo bueno que era no tener pareja en ese momento.
No, no era cierto. Le hubiera gustado tener una. Le hubiera gustado mucho.
Pero no la tenía. Y si bien hubiera cambiado gustosa la salida de esa noche, por una noche de chocolates y películas, lo cierto era que mejor que se entusiasmara con el plan, si no quería pasar la noche sola.

No fue casual que pensara en las ambivalencias que sentía ultimamente. No podía negar que a veces lo mismo que la alegraba, le recordaba aquello de lo que carecía.
Adoraba a su amigo (con el que iba a salir), nadie era mejor compañía, pero añoraba la clase de compañía que "aportaba" otras cosas a su vida.

No obstante, la vida solo le dejaba una camino: vestirse y salir hecha una diosa, para pasar un sábado más de su soltera, pero bien llevada vida.
No eligió casualmente su atuendo: hacía rato que tenía ganas de usarlo, y la salida de esa noche parecía ideal para ponérselo.
Se calzó los altos tacos, se enfundó en un palazzo negro: clásico, perfecto. Una camisa negra, transparente y ajustada, venía perfectamente al corset blanco con cintas negras.
El maquillaje acompañaba al oscuro pero sexy vestuario. Los ojos de un negro humo profundo y la boca roja con reflejos dorados era el acabado perfecto.

Su amigo la pasó a buscar a la 1,30. Su alegría e histrionismo le recordaban al sombrerero de "Alicia en el país de las maravillas".
Esta noche, el sombrerero había traído a un amigo.

"De la misma cepa" - pensó Alicia.

Se encaminaron charlando hasta el templo al que se dirigían.
Desde fuera, Alicia lo había visto muchas veces.
Pero esta vez, sería diferente. Esta vez, iba a entrar.

El boliche era tal como lo imaginaba, oscuro, con un techo muy estrafalario, con luces por todos lados, manos que sostenían bolas de fuego que pasaban del verde al violeta más intenso. Negro y rojo.
Todo era muy gótico, muy oscuro, pero retumbaba en todos lados el sonido de la música electrónica.
Dicen que era una sinagoga judía. Que allá por los años '40 o '50, se habían producido unos atentados y la comunidad decidió que era mejor abandonarla.
En la planta alta, había una segunda pista llena de chicos y chicas que se aturdían con música pop, ritmos latinos y cumbia.
Según supo, antiguamente allí, en esa misma sala, se guardaba la Torá. Era la habitación más sagrada del templo.

El sombrerero prefirió la pista dance, quizás porque había más gente, quizás porque le gustaba más esa música, no importa, pero se quedaron abajo.

Bailaron toda la noche, entre hombres de "El secreto en la montaña" y mujeres más atrevidas que "Thelma y Louise".
Realmente había algunos hombres hermosos, para ser admirados y acariciados con la vista como inalcanzables.
Y lo eran, al menos para Alicia.

Los anfitriones de la fiesta (¿o debería decir anfitrionas?), medían no menos de 1,90 con las altísimas plataformas. Peluca rubia y peluca verde.

Una de ellas, llevaba un vestido de ensueño. De Benito Fernández.
Alicia, mientras alternaba el baile con el sombrerero y su amigo, añoraba ese vestido de delicada seda y esas plataformas de 20 cms. que llevaba la Drag Queen.

El sombrerero le dijo que no era una Drag Queen, era un transformista. Pero aquel vestido, era digno de una reina, así que decidió no hacerle caso.

Entre el público, varios transformistas con corsets y polleras cortas bailaban con el público.

En el escenario, un par de stripers varones, se desvestían en una danza sensual y provocativa.

Las luces acompañaban a las chicas que miraban a Alicia, que ignoraba todo, menos el ambiente.

Por alguna razón, no podía dejar de sentirse, por primera vez, en Wonderland. Un mundo que la atraía, pero por lo extraño.
Pero a la vez, no era extraño. No era como estar en un circo, era real y fantástico. Veía como a medida que pasaba la noche, los chicos encontraban a sus novios y las chicas a sus novias.
Era todo tan natural como maravilloso. Un país que muchos pretenden ignorar que existe, y que a ella le parecía tan normal.

¿Por qué no? Si se gustaban. ¿Por qué no? Si podían amarse. ¿Por qué no?

De pronto. Alicia sintió como su cuerpo todo se alivianaba, su mente se dispersaba y sólo oia la música. Se dejó llevar por ella y por los cientos de personas que bailaban a su alrededor... sintió como sus pies danzaban una música vieja, muy vieja, un ritual que no conocía, pero que sus venas llevaban por su cuerpo.
Sintió el salvaje sentimiento de dejarse llevar, por aquel lugar tan bello, dónde nadie la miraba y nadie más importaba que aquellos que estaban allí.
Todo estaba permitido, porque era el lugar que nadie quería ver. Todo estaba permitido, porque allí estaban "los prohibidos" de la sociedad.
Y bailó toda la noche, y rió durante horas. El sombrerero bailaba a su alrededor y con todos los hombres que se acercaban.
El amigo del sombrerero también bailaba, pero la miraba a ella. Alicia estaba tan distraída en Wonderland, que no supo mirar.

Cuando la fiesta terminó, Alicia agradeció por esa noche de libertad. Libertad de ella, de los hombres, de su vida. Por poder hacer lo que quiera sin que nadie la condicione, por poder salir a bailar salvajemente sin pensar en las apariencias, por vivir sin prejuicios idiotas y sin tapujos.

El amigo del sombrerero se le acercó con deseo en la mirada. Solo le pidió un beso.
Pero Alicia no lo dió, esa noche era solo ella, solo para ella, sin nada ni nadie que la condicionara.
Alicia no quiso atarse a él. No quiso dar siquiera un beso.
Pero en su mente, no puedo evitar el recuerdo de alguien más.

Aún pudiéndose despertar de Wonderland, nunca podría despertar de ese recuerdo.

- No, me voy a casa.

El sombrerero aún bromea con su partida apresurada.
El caballero del beso, como todo caballero que se precie de sí, no dice nada. Lo más probable, es que ni él mismo lo haya entendido.
Pero Alicia sabe que solo un príncipe puede robarle de nuevo su libertad.
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domingo, 21 de marzo de 2010

TREINTA

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Atenea es un nombre raro. No sé por qué me intrigan tanto los nombres en desuso, pero lo cierto es que lo hacen. A ella también le hacía sentirse incómoda.

Sobretodo cuando veía la cara de las personas que la interrogaban al respecto.

En Argentina nadie se llama Atenea. Solamente una loca le pone Atenea a su hija en estos tiempos. La verdad, es que a lo largo de su vida, había atravesado varias etapas de amor y desamor hacia esta elección.

De pequeña, fue la risa y burla de todos sus compañeros de escuela. Más o menos hasta promediar la adolescencia, cuando entendió lo que significaba llevar el nombre de la diosa de la sabiduría, la estrategia y la guerra justa.
Por ese entonces, se enamoró de su nombre y, durante un tiempo, lo llevó orgullosa. Casi podía adivinarse cierta insolencia y pedantería cuando lo decía.
Podía escucharse cómo cambiaba el tono de voz y brillaba a su alrededor un aura de regocijo interno.

Acabada esa etapa, volvió a sentirse atrapada en un nombre extraño que generaba sonrisitas irónicas y solapadas. Volvió a detestarlo cuando se recibió y tuvo que hacer sus primeras tarjetas profesionales.

El nombre también incidió en su carrera. A los 20 años quería estudiar Psicología, pero le pareció una ridiculez hacerlo. ¿Atenea psicóloga? Ja! Parecía un mal chiste.
Finalmente se decantó por seguir una cátedra de contabilidad que, francamente, aborrecía.

Sólo una loca, le podía poner "Atenea" a su hija.
Y no distaba demasiado de la realidad.
"Trastorno Bipolar de la Personalidad", decían.
Pero nunca pudieron explicar como las alucinaciones entraban en el cuadro. Decían que era parte de un brote de esquizofrenia. Que no ocurría a menudo, pero podía presentarse.

Esa era una parte de Atenea que también quería olvidar. Ambas decidimos no hablar de aquello. Olvidar las noches en que su madre la escondía debajo de la cama a las 3 de la mañana y se quedaba haciendo guardia a los pies, murmurando sobre demonios que las iban a buscar, con un cuchillo aferrado a su mano, los pelos enmarañados y ese movimiento pendular en todo su cuerpo, como si se acunara a sí misma.

Al día siguiente todo había pasado y Elena estaba en la cocina a las 6 de la mañana preparando tostadas, jugo de naranja exprimido y café con leche.
Olvidamos también una vida de soledades, porque Atenea no podía llevar a sus amigas, para que su madre las levantara a las 3 de la mañana y se pusiera a balbucear sobre negros brillosos y azules que con el diablo dentro, volteaban los ojos y conjuraban a los malos espíritus.

Decidimos no mencionarlo, así que no lo haremos. Es demasiado triste, más para Atenea que para mí. Es desgarrador.
De hecho, aún estamos intentando olvidar cuando hace 9 años, Atenea tuvo que decidir qué hacer con Elena. El juez, los pasillos de los tribunales, las trabajadoras sociales, el médico forense, los enfermeros de salud mental llevándose a su madre que se resistía gritando que "no podía dejarla sola, la irían a buscar, la encontrarían..."

Nueve años pasaron y nadie la buscó. Nueve años de salir adelante sola, de visitas de fin de semana en un hospital psiquiátrico, nueve años de verla envejecer y agrietarse. Nueve años y ya apenas la reconocía, sólo por momentos, su mirada vidriosa parecía cobrar vida. Entonces acercaba su mano a la mejilla de Atenea, la acariciaba tiernamente, agarraba su mano entre las suyas y le decía: "Atenea, tenés que esconderte, tenés que mirar que no te sigan, nos están buscando..." y volvía a caer en ese ostracismo comatoso de los psicofármacos.

Pero todo está en el olvido engañoso que nos presenta el despertar. Solamente lo recordamos y revivimos cuando soñamos. Pesadillas.
Toda una vida de mal dormir.

No obstante, tenemos 30 años ya. Bueno, casi 30 años. En cuánto Atenea se despierte, transcurrirá el glorioso día.
Ya olvidados los malos ratos, ya olvidado el nombre que me impulsa a escribir la historia, olvidada la vergüenza de la locura.
La locura que amenaza agazapada entre los genes.


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Atenea se despertó y miró por la ventana. Un día gris de comienzo de otoño.
Para todas las culturas antiguas, el comienzo de la cosecha.
Treinta años. Tres veces diez. Diez veces tres.

Según sabía en muchos pueblos el tres era un número mágico. Y ella lo había atravesado diez veces. Diez veces tres, había vivido en otoño.
¿Qué clase de cosecha tendría este año?

Preparó café. Nunca le había gustado el café. Su aroma fuerte y penetrante le recordaba su niñez. Sin embargo se había acostumbrado a tomar café desde que se levantaba hasta que se acostaba. Se había obligado a ignorar su pasado y centrarse en el presente.

Con la taza caliente en la mano, se sentó a mirar por la ventana pensando en todo lo que tenía de trabajo pendiente en la computadora. Todo aquello podía esperar a que acabara su café.

Aquiles la miraba moviendo la cola y entrecerrando los ojos. Cualquiera diría que se estaba adormeciendo, pero Atenea sabía que no era así. Mientras movía la cola, su gato estaba dispuesto a saltar sobre cualquier cosa. Aquel ronroneo casi imperceptible, no era más que una apariencia taimada que quería mostrar el felino para interceptar a cualquier desprevenido que se acercara más de lo recomendable a su zona.

Aquiles fue una pelea con su madre.

Cuando una tarde de sábado, de visita en el hospital, ella hablaba sin cesar y entre el palabrerío al que Elena no respondía (como de costumbre) le contó que había recogido un compañero de piso, un precioso gatito negro, su madre pareció despertarse de repente y se puso a temblar, mientras le rogaba que se deshiciera de él.
Lloró, rogó, suplicó, imploró que lo devolviera. Elena se alteró tanto, que la visita acabó prematuramente y una enfermera se la llevó para sedarla.

Atenea creía que en sus delirios, Elena se había vuelto supersticiosa.
Aquiles era una compañía asombrosa. No se arrepentía un ápice de tenerlo con ella.

Cerró los ojos y aspiró lentamente el olor de la mañana. De la tierra mojada que provenía de su jardín.
Lamentó una vez más que un día tuviera sólo 24 hs. y que todavía tuviera tantas cosas por hacer.

En principio, tenía que vestirse e ir a algunos bancos antes de que cerraran. Por la tarde ya podría quedarse en casa, en la computadora.

Al pasar por la puerta de su habitación, escuchó a su espalda una especie de gruñido seguido de un "jjjjjjjj".
Dió media vuelta y Aquiles se avalanzó sobre sus piernas desnudas.

No supo que pasó hasta que pudo patear al gato y observó sus piernas profundamente arañadas y el gato encrespado que la miraba a punto de saltar nuevamente sobre ella.

Puteó en voz alta (como nunca lo hacía) y cerró la puerta de su habitación.
Se sentó sobre la cama y tomó aire mientras pensaba en el extraño comportamiento de su mascota.
Moviendo la cabeza de lado a lado se vistió y juntó alguna de sus cosas en la cartera.

Luego asomó la cabeza fuera del cuarto y no vió al gato, pasó al baño y se puso agua oxigenada en las heridas.
No sangraba ya, pero se veían muy profundas y ardían muchísimo.

Decidió reirse de las casualidades, se rió de sí misma que hacía 10 minutos recordaba lo bien que había hecho en conservar a Aquiles.
Volvió a asomarse por la puerta y lo vió recostado en el sofá del living.

Pasó apurada, recogió las llaves de la mesita de la entrada y salió del departamento.
Al pasar, le pareció oir un gruñido de nuevo, pero no tuvo tiempo de cersiorarse.
Lo más probable es que estuviera un poco paranóica.

Durante la mañana, "hizo los bancos", se compró un sweater de media estación color malva y se tomó otro café con Mariana.
Mariana es contadora, como ella, tenía unos 35 años, también es hija única y vive sola.
Es, probablemente, la única amiga que tiene.

Mariana insistió en que aquella noche salieran a cenar con dos amigos de ella para festejar su cumpleaños. Y "quién te dice, por ahí alguno de ellos te guste y matamos dos pájaros de un tiro".

- Lo siento Mariana, no tengo ganas de salir esta noche. Si querés alquilamos una película y comemos algo en casa.

- No seas boluda, salgamos, nunca salimos, nos va a hacer bien a las dos. Además Fernando me dijo que tenía un amigo de 35 años que está re bien, es soltero, es gerente de una empresa financiera en expansión y...

- ¿No puede ser otro día? ¿Tiene que ser hoy? De verdad que no tengo ganas de ver a nadie.

- Bueno, es tu cumpleaños, hacé lo que quieras. ¿Mañana?

- Mmm... ¿te tiro un mensajito y te confirmo?

- Bueno, dale, pero no me gusta la idea que pases esta noche sola, ¡deberías estar festejando! ¿O será que te pegó el viejazo de los 30 y estás medio depre?

- Debe ser eso, pero prefiero estar sola y acostarme temprano. Mañana es mejor para salir y es viernes.

- Negra, los jueves también sale gente, hay lugares que se ponen muy bien...

- Ajá, pero...

- Todo bien, preferís mañana. No se discute más.

Atenea revolvió el café un poco mientras pensaba un tema con el que salir de aquel silencio incómodo. La charla la había hecho sentir una anti-social en toda regla. Una aburrida, una vieja cascarrabias.
Afortunadamente, Mariana ya la conocía y empezó a contarle de una cartera Prüne que había visto y la tenía loca.

A eso de las 12 las dos amigas se despidieron y Atenea pudo regresar a casa.
Lo primero que notó al llegar a la puerta de su departamento de 1º piso fue un polvo blanco que formaba una línea en la puerta de su casa.
Lo miró detenidamente pensando qué podía ser y si convenía tocarlo.
Decidió que podía ser veneno para cucarachas (es la época) puesto por el edificio, pero al mirar la puerta de su vecino la vio impecable.

Entró a su casa, buscó una escoba y barrió la entrada. Aquiles la miraba con el pelo erizado y gruñendo.

- Ya está bien gato. No vas a arañarme de nuevo, afuera.

Abrió la puerta-ventana que daba al patio y el gato salió sin dejar de mirarla. Un vez fuera, subió a la cornisa y se perdió entre los techos vecinos.
Ya regresaría cuando tuviera hambre.

Estaba por volver a su departamento para cocinarse, cuando notó en la esquina del patio un bulto que se movía.
Se acercó y sobre el pasto vio un conejo blanco, que se retorcía recostado y la miraba, con su único ojo visible, asustado. Aterrorizado en realidad.
¿Alguien vio alguna vez un conejo asustado? Los ojos le sobresalen y los mueven frenéticamente. Ningún ojo es tan expresivo ante el terror.

Atenea lo levantó pensando que podia haber comido algún veneno, o que podría estar quebrado. Pero un líquido caliente se deslizó por su mano y entonces lo vio.

Un corte de unos 4 centímetros en el medio de la panza del conejo. Sangre. El pelo blanco se teñía de rojo mientras el conejo chillaba dolorosamente.

- ¡La puta madre! - Otra vez.

Fue tal el asco y la impresión, que solo lo tiró de nuevo al cesped y corrió a lavarse las manos. En la cocina, mientras lloraba y controlaba las ganas de vomitar, se preguntó si tenía que llevarlo a un veterinario o sacrificarlo.
Por las dudas, buscó en el baño un par de guantes de látex que había comprado el invierno pasado con el tema de la Gripe A, se calzó unas zapatillas deportivas y volvió al patio.

El conejo estaba muerto, lo mejor sería buscar una bolsa para ponerlo.

¿Quién podía ser tan cruel? ¿Quién podía ser tan hijo de puta cómo para hacerle eso a un animalito?

Tenía que ser algún vecino, alguien que pudiera tirarlo desde un patio vecino a través de la medianera hasta su patio.
Era un conejo blanco, de esos que venden en una veterinaria. ¿Quién podía comprar un conejo para después hacerle eso?
¿Habría algún lugar adonde denunciarlo?

Igual, no era algo que fuera a hacer ahora. Era su cumpleaños.

Agarró el conejo de las patas traseras y lo iba a introducir en la bolsa cuando vio un liquido viscoso y medio negro que salía de su abdomen. Tenía un olor fuerte y ácido. Un deje de olor a podrido. Reprimió una arcada y lo soltó dentro de la bolsa.
Corrió al baño y vomitó.

- Buen comienzo de año.

Incluso el hambre se le había pasado.
Salió al pasillo para tirar la bolsa de basura en el cesto común.

Otra vez la abertura de la puerta tenía ese polvo blanco. Parecía azúcar o sal, pero bien podía ser veneno.
Tendría que barrer otra vez.

Al cerrar la puerta del cuarto de basura lo sintió. La observaban. Giró sobre sí misma a la velocidad de un rayo, pero no había nadie allí.

- Me estoy volviendo loca.
("Como mamá" retumbó en nuestras cabezas)

Entró a su casa y quiso recordar cuándo su madre había comenzado a dar señales de locura. Cuándo empezaron los delirios nocturnos. Pero no pudo recordarlo.
Yo tampoco lo recuerdo, curioso: debería saberlo todo.

Atenea, se recordó a sí misma que llevaba el nombre de la diosa de la sabiduría, que debía ser sabia y racional. Allí no pasaba nada, solo estaba sugestionada por todo lo que se había acordado durante el día, todo lo que había removido ese cumpleaños.

Sonó el teléfono fijo. Raro, pocas personas la llamaban ahí, sus contactos laborales sólo tenían su número de celular.
De todas maneras, no le vendría mal hablar con alguien un rato y dejar de pensar estupideces.

- Hola.

- Diez veces tres. Tres veces viva, diez veces muerta.

- ¿Quién habla?

- Tres veces Diez pasos al infierno. Diez veces tres cambios de piel.

- ¡No le tengo miedo y como broma es de muy mal gusto! - pero le temblaba la voz.

- Tres veces Diez te buscará hasta encontrarte.

Silencio en la línea.

Atenea sintió las manos temblando. Un nudo en la garganta. La voz desconocida aún retumbaba en todo su cuerpo.
Llamó a la empresa telefónica para ver si podían decirle quién la había llamado. ¡Dios! ¡tendría que haber puesto un identificador de llamadas!
En la empresa le informaron que no podían darle el dato por teléfono. Tenía que dirigirse a la empresa, llenar un formulario bla bla bla o pedir una orden judicial.

Demasiado trabajo por un loco.

El sonido del colgante de viento la sobresaltó. Afuera estaba nublado pero no corria ni una ligera brisa. Pero seguía escuchando el sonido insoportable de los vidrios que chocaban entre sí.

Atenea salió al patio y practicamente arrancó el colgante dejándolo sobre la mesada de la cocina.
Estaba muy sugestionada, sólo era eso.
Puso la pava para hacerse un té. Lo mejor que podía hacer era no comer y acostarse a dormir un rato.

Un rasguño volvió a sobresaltarla. Se oía como un rasguño en la puerta de entrada. La veo acercarse y pegar la oreja a la puerta de madera. El rasguño sigue ahí. Se detiene un segundo y vuelve a empezar. Por la mirilla no se ve nada, solo el pasillo vacío.

- ¿Quién es? - La oigo preguntar.

- jjjjj

- ¿Aquiles?

El sonido del gato enardecido y los rasguños violentos le pusieron la piel de gallina. Y todo cesó. No se escuchaba más nada.

Tac - Toc - TAC

Golpes secos en la puerta. Como si Aquiles estuviera golpeándose contra ella.

- Dios mío - Atenea imaginaba al gato golpeándose contra la puerta como una mosca contra el vidrio de una ventana.
Quiere entrar.

Se encerró en la cocina para no escuchar el ruido. Las lágrimas corrían por su rostro, se sentía agotada, no podía pensar. Su mascota se había vuelto loca y se estaba reventando la cabeza contra la puerta de entrada.
Dios.

Apagó la pava porque la tapa estaba haciendo ruido de tanto hervir. Se apoyó en la encimera e intentó pensar.
Ya no se oía nada. Aquiles estaba esperándola o ya se había matado. Imaginó la mancha de sangre y pelos sobre su puerta.

Fue al baño y se lavó la cara esperando que ayudara a despejar su mente.
Cuando levantó la vista, vio por el espejo una sombra a su espalda.
Una figura negra con ojos resplandecientes y azules.

No eran ojos normales. No había esclerótica. Eran dos ojos azules, dos huecos azules, dos cuencos destellantes. Y una figura negra como el ala de un cuervo.
No era una sombra, no era una sombra normal, la pared de azulejos del baño no se veía a través de ella.
Gimió y se dio la vuelta para encarar a la sombra y morir de un infarto, pero ya no estaba.

(Un demonio)
(Un demonio negro)

"Tres veces viva, Diez veces muerta"

Necesitaba un vaso de whiskey.
No había comido y estaba alterada, pero lo necesitaba ya.
Fue a la cocina sin mirar hacia ningún lado, buscó en la alacena y encontró una botella que tenía ya como tres años y a la que le faltaba apenas un poco de su contenido.
Sirvió medio vaso y se lo tomó casi sin respirar. Un calor intenso le quemó el estómago. Un ligero mareo la hizo apoyarse en la mesada.

- Me estoy volviendo loca.

Pensó en llamar a Elena y preguntarle que quería decir con las cosas que decía, pero se dio cuenta que eso era igual a caer en los delirios esquizofrénicos de su madre. De ahí a una estancia a tiempo completo pagada por el estado en un psiquiátrico había un paso.
Se sirvió otro vaso de whiskey y se propuso relajarse.
No abriría la puerta de entrada "Por las dudas".

Respiró, bebió un sorbo de whiskey, miró el reloj de pared: las 14,30. En media hora más cumpliría treinta años.

(Tres veces Diez pasos al infierno)

Inquieta se paró frente a la puerta ventana del patio y el vaso de whiskey se estrelló contra el suelo.
Había alguien allí, en cuclillas tocando con la mano algo en el césped. Un niño de espaldas.
¿Cómo pudo entrar...?

Abrió lentamente la puerta y el niño se dio vuelta, mirándola.

Sin rostro, una sombra con cuencas azules. Un escalofrío le asaltó el cuerpo. El niño volvió a mirar hacia abajo y se desvaneció frente a sus ojos.
Corrió hacia donde estaba (Dios, ¡no vayas!).

Una pequeña serpiente se arrastraba entre los yuyos mientras se desprendía de su vieja piel.
Atenea se quedó inmovil sin poder moverse. ¡Una serpiente en su patio!

(Diez veces Tres cambios de piel)

La serpiente pasó por encima de su zapatilla y ella pegó un salto y volvió a refugiarse en su cocina. Cruzó pisando los vidrios rotos del vaso de whiskey. Corrió, sin pensar en Aquiles, hasta la puerta. Tiró de ella... y no se abrió. Volvió a tirar de ella y nada.
Levantó el auricular del teléfono y la línea estaba muerta. Fue hasta su cartera y buscó desesperada el celular.

- jjjjjjjj...

- ¿Aquiles? - murmuró.

- Tres veces Diez te buscará hasta encontrarte.

Conocía esa voz.

- ¿Mamá?

Una risa. No era la risa de Elena, pero la voz sí lo era.
Pero el sonido de antes: era Aquiles.

Intentó apagar el celular y volver a encenderlo. Nada. No tenía tono de discado.
Probó una vez más con la puerta, seguía trabada. Probó con las llaves, pero todo fue en vano.
Regresó a la cocina y se sentó en el suelo llorando. Gime, sus sonidos desgarran el alma.
No debía ser así, era su cumpleaños, casi es su cumpleaños. Faltan sólo 15 minutos.

La veo levantar la vista. Ahí está de nuevo la sombra negra. El demonio de cuencas azules. En su cabeza resuena la profunda voz:
"Diez veces Tres cambios de piel. Llegó la hora".


No lo escuches.
Atenea, no lo escuches.

"Cambio de piel. Tres veces Diez. Diez veces Tres. Treinta."

Atenea.

Ella se levanta y busca un cuchillo. No hay escalpelos, es un cuchillo de cocina.

¡Atenea!

No deja de mirarlo, él no me ve, pero yo los veo.

"Diez veces Tres cambios de piel".

Atenea se baja el pantalón y con un corte seco en la vena cava inferior hace la primera incisión...



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Sangre, mucha sangre. Se está desangrando. ¡ATENEA! Dios, ¡que alguien me ayude!
No puedo dejar de escribir, pero él deja de mirar la sangre fluir y me mira. No quiero escribirlo, pero me obliga. No dejo de escucharlo en mi cabeza. "Diez veces Tres". Atiende el teléfono.

...

¿Alguien me lee? ¡¡¡¿Alguien puede ayudarme?!!!


TRES VECES DIEZ TE BUSCARÁ HASTA ENCONTRARTE. Eso me dijo en el teléfono. Tengo que irme, no puedo escribir más. Yo debía saberlo. Yo tenía que saberlo todo. Yo lo escribo. Yo también cumplo treinta. Tengo que irme. ¡¡¡Nadie me escucha!!! ¿¿¿Alguien me lee???


Es tarde, está a mi espalda.
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