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martes, 6 de enero de 2009

CUENTO - OCTAVA Y ULTIMA PARTE

Los meses pasaron como pasa el tiempo, sin pedir permiso, sin hacerse anunciar.

Camila había adoptado al bebé como si le hubieran regalado una muñeca gordita. Intentaba hacerse “la mamá” y le hablaba con una dulce voz experimentada. A veces, le dejaban darle el biberón, siempre que no lo moviera del cochecito. Cuando salían insistía vehementemente para que la dejaran empujarlo a pesar de que a duras penas llegaba a las manijas.

Damián, en cambio, estaba enfurruñado. No tanto por la atención que le destinaban a la criatura, sino más bien porque le habían prometido un varoncito con el cuál jugar, pero aquel niño no hacía más que ruidos raros, comer y llorar. Y, para el colmo, su hermana y Yamila ya no jugaban tanto tiempo con él.

Sara había retornado a su trabajo, dónde ya la extrañaban. Su escritorio había acumulado un montón de casos que esperaban ser resueltos a la brevedad.

Afortunadamente, con Yamila en casa, no tenía que preocuparse por dejar a los niños con alguien desconocido.

Lo más duro que le tocó superar, fue la normalidad con la que todos se habían reincorporado a su rutina. Dolía ver que cuando llegaba a casa, un inmenso vacío se dormía en su pecho y nadie más parecía notarlo. Su Sebastián ya no estaba y aparentemente solo ella sufría por su ausencia.

Entendía que los niños aún no comprendían la magnitud de lo acontecido y que ellos tenían mucha más facilidad para adaptarse a los cambios. Ellos habían seguido adelante, más ella no podía. Estaba estancada en un dolor profundo y lacerante, calmo pero persistente; una melancolía perpetua que no la dejaba respirar.

Y como corolario, cada dos por tres se escuchaba un susurro que le cantaba canciones de cuna a Sebastián. Y no era “su” Sebastián.

Sin embargo, poco a poco, sin prisa pero sin pausa, todos se iban tranquilizando y haciendo su duelo a su manera.

Yamila, su nueva compañera de tareas, había sanado sus heridas físicas y con cada día, su hijo la traía a la vida y la ilusionaba con proyectos. El mes pasado había pasado por la facultad de derecho y había comenzado los trámites para la homologación de los años cursados. De paso, se había provisto de los apuntes de 4 materias que podía rendir libre y les dedicaba unas cuántas horas del día, mientras hacía malabares para cuidar a los niños y atender al suyo.

Milena llamaba a Sara al menos una vez a la semana y hablaban largo y tendido sobre sus vidas, recordaban a Sebastián y exorcizaban sus miedos.

Su cuñada temía que la distancia y la ausencia de su hermano la separara de sus sobrinos. Que Sara rehiciera su vida con otro hombre, cosa que eventualmente tendría que suceder, y se olvidara de su familia política.

Sara solo temía no olvidar jamás. Vivir con ese dolor en el pecho por el resto de sus días. No poder ella sola con los niños, no ser lo suficientemente buena como para ser madre y padre. No saber contenerlos cuando lo necesitaran. Temía, que llegara un día, en que al despertarse en medio de la noche escuchando a Damián llorar dormido llamando a su papá, su corazón sencillamente se detuviera no pudiendo soportar tanta pena.

Llegadas a ese punto, en que el dolor se hacía tangible, palpable, siempre renacían de entre las cenizas, como el ave fénix, con alguna broma.

Milena muy sutilmente había intentado sondearla respecto de los sentimientos que le despertara el Oficial Juárez. Max. Simplemente Max, desde hacía bastante tiempo.

En contra de todas las suposiciones, él continuaba visitando a la familia, llevando helado y jugando con Damián a cualquier cosa que el pequeño le pidiera.

Pero, honestamente, ni la misma Sara podía descifrar su corazón.

Ese hombre de grandes dimensiones, le gustaba, la enternecía cuando lo veía con sus hijos, la sorprendía con sus tonterías para hacerla reír y la hacía sentir importante con solo mirarla.

Pero cada vez que se dejaba llevar por una de esas sensaciones pasajeras, el rostro de Sebastián se le aparecía, el dolor y una especie de vergüenza. Intimamente, se había preguntado más de una vez, si aquello no era culpa. ¿Se sentía culpable de que la atrajera otro hombre que no fuera su difunto esposo? ¿Sentía que lo estaba engañando? ¿Sentía que aquella promesa hecha tanto tiempo atrás en una iglesia debía ir más allá? ¿Ir más allá de “hasta que la muerte nos separe”? También sentía vergüenza, cada vez que miraba a Max y se lo imaginaba parte permanente de ese cuadro familiar, se sentía promiscua, avergonzada de su deseo, de sus ilusiones, de su debilidad de mujer.

Pero todas esas cosas no se las decía a nadie, ni siquiera a Milena. Se limitaba a dejar que los demás sospechen, que intuyan, que adivinen. Pero no iba a darles el gusto de saberlo por su boca.

Hacía un mes atrás, Max había intentado sacar el tema mientras tomaban un trago después de la cena.

Los niños habían subido a lavarse los dientes, Yamila estaba amamantando a su hijo y la noche los encontraba sentados en la puerta que daba al jardín, disfrutando del aire fresco y la pálida luz de las estrellas.

Sara se puso tensa, y agresiva, a pesar de la dulce voz que le hablaba. Sin querer oír aquellas palabras que le susurraban amor, cariño, futuro. La indignó que él pensara que ella podría estar con otro hombre no habiendo pasado 1 año de la muerte de su esposo. La enfureció que se sintiera tan seguro como para abrirle el corazón, como si no temiera una negativa. ¿Qué clase de mujer pensaba que era?.

Con absoluto pánico descubrió que ese corazón que le estaban depositando entre las yemas de sus dedos, no le era indiferente. Entonces sí era una mala mujer, entonces sí era de las que olvidaban rápido como si nada importara. Todos sus prejuicios se volvieron en contra de ella y deliberadamente los volcó sobre él.

Se ofendió desoyendo la comprensión y la ternura que él le prodigaba, ignoró su mirada herida cuando se levantó y le pidió disculpas. Se mostró soberbia y altanera cuando el le pidió disculpa y le prometió no volver a hablarle de eso. Fue condescendiente ante su pedido de no estropear esa amistad que habían construido.

Hoy, cuando lo recordaba, se sentía espantosamente mal. Solo agradecía esa única neurona, que la obligó a bajarse de ese pedestal de hielo en el que se había montado, y que fue la que permitió que todo siguiera su curso natural.

Los siguientes encuentros fueron sumamente incómodos, pero lentamente y gracias a la maravillosa personalidad de Max, todo había vuelto a ser como al principio. Ya, solo a veces, cuando él la miraba, se acordaba de aquella noche. Claro, también recordaba lo bien que lo iluminaba la noche y ese rizo que le caía rebelde sobre la frente, cada noche. Cada noche, cuando se duchaba, cada noche cuando se acostaba. Pero ella se había convencido de que allí no había nada más que una cabecita romántica acostumbrada a no estar sola. Que solo era porque le subía la autoestima o porque por momentos necesitaba algún que otro mimo.

Milena cada vez que abordaba el asunto, le hablaba de que estaba bien que siguiera, que su hermano la hubiera querido feliz, que Max parecía un tipo fantástico, etc, etc, etc…

Y ella no dejaba de preguntarse porqué si estaba bien, ¿se sentía tan mal?

Aunque, a decir verdad, procuraba con todas sus fuerzas no pensar en eso. Aún cuando Max le dejara esa misma noche una nota en la que decía: “Cuando llegue el momento, los dos lo sabremos”.

Odiaba que él esperara por ella, cuando ni siquiera sabía si alguna vez le correspondería. Lo odiaba por su seguridad.

Pero se resistía a desbarrancarse en la rabia y la impotencia que le daba toda la situación.

Brígida, también súper sensorial, con esa intuición que caracteriza a las mujeres, pero sobre todo a las madres, supo decirle un día: “Tu problema es que siempre idealizaste a Sebastián. Ningún hombre puede competir con un santo difunto.”

Sara se enojó y la acusó de insensible, de presionarla, despotricó contra todos los que no la dejaban sufrir en paz. Y solo recibió una mueca de comprensión y conmiseración.

“Está bien hija, si eso es lo que quieres, puedes sufrir cuánto lo desees y ya nadie te molestará. Dejaremos de preocuparnos por tus miserias y te dejaremos derrapar hasta lo más profundo y recóndito del pozo”.

Ocho meses después, todo continuaba igual. Sara desolada y delgada. Sus padres, Milena y Max totalmente preocupados por ella, pero manteniéndose al margen.

Los niños absolutamente compenetrados en vivir, divertirse, jugar, aprender y dar el trabajo que dan todos los niños.

Camila se precipitaba como una hermosa jovencita pre púber y Damián como un pícaro hermano menor que se deleitaba haciéndola pasar vergüenza y burlándose de sus primeras coqueterías.

Yamila estaba ordenándolo todo para irse. Finalmente había llegado el momento en que se sentía segura y entera como para desplegar las alas, con la ayuda económica pero gélida de sus padres.

Sin embargo ya no estaba sola, tenía un precioso angelito que gateaba, se ensuciaba y llevaba todo lo que encontraba a su paso directo hasta su boca.

Se había alquilado un diminuto departamentito a pocas cuadras de la casa de Sara y planeaba no cortar la relación con aquella familia que tanto y tan desinteresadamente la había ayudado.

Cuando ese lunes Sara llegó de regreso del trabajo un poco más temprano que de costumbre, la joven aprovechó a dejarle todos los niños por una hora para ir a hablar con la gente de la mudanza y acordar el traslado para el día siguiente.

Sara pensó en lo solitaria que estaría la casa sin el niño. Por suerte, habían acordado que Yamila retiraría a los niños de la escuela a mediodía, les daría el almuerzo y los cuidaría por la tarde así haría un dinero extra y podría estudiar tranquila.

Sara se paró en el quicio de la puerta y miró tristemente en derredor, aquel cuarto que se había llenado de olor a caca de bebé, perfume y llantos nocturnos.

Lo vio casi vacío, como muerto, y lleno de cajas marrones de supermercado que no hacían más que completar un cuadro deprimente.

Se adentro despacito en la habitación y se sentó en la cama abatida. Había atravesado un año y medio caótico y había sobrevivido. A medias. Pero aún respiraba.

La caja enfrente de ella no estaba bien cerrada, así que concentró su atención en desdoblarla maquinalmente, abrir las solapas para cerrarlas nuevamente, pero más seguras.

Un objeto brillante la hizo dudar… miró alrededor y escuchó el sonido del timbre, seguramente Yamila había regresado.

Los pasos casi corriendo escaleras debajo de Camila.

- Hija, por favor, ¡no corras!

La puerta que se abría y ella miraba fijo el objeto que la había encandilado.

¿Es Yamila? – gritó a su hija.

- ¡Sí, mamá!

- Hey! Yo también vengo, ¡no me dejen afuera! – la voz de Max la estremeció, pero no podía apartar la vista de la caja.

Allí yacía un portarretrato de plata con una foto. Sebastián y Yamila, en un lugar que no podía definir, tomados de la mano y dándose un beso. Sebastián la besaba en los labios sonriendo y ella tenía una pierna ligeramente levantada del piso.

Yamila la miraba desde la puerta totalmente descompuesta.

- Sara…

Sara la miró perdida. Viéndola, pero con la mirada en otro sitio. No fue capaz de hablar.

- Sara… dejame explicarte…

Pero Sara no respondía, estaba ida, perdida, en otro sitio. Blanca, tensa, inmóvil.

- ¡Max! ¡Max! - gritó Yamila desesperada.

Max subió las escaleras a trancazos siguiendo la voz atemorizada de Yamila. Pensó en el niño, que le hubiera pasado algo. No obstante al entrar lo primero que miró fue el corralito dónde Sebastián jugaba silenciosamente. Luego vio a Sara.

Una Sara en shock, sin reaccionar, pálida, descompuesta, con la mirada perdida en otro mundo. Se acercó despacio mirando a Yamila que a pesar de verse al borde de un ataque de nervios, no atinaba a dar un paso adelante.

Fue entonces cuando vio lo que Sara tenía entre sus manos. Un vistazo bastó para comprender.

La habían estafado. Dos veces. Su marido le mintió y ella sufrió por él. Yamila le mintió y ella le puso su vida y su familia en sus manos. Compartió sus amigos con ella, le enseñó a ser madre, la alentó a conseguir un futuro seguro para ella y su hijo.

Sara se movió imperceptiblemente, solo cambió de lugar un poco su cabeza y clavó la mirada perdida en el niño que jugaba inocentemente.

Por un instante, Yamila dudó y se abalanzó sobre el bebé.

Sara reaccionó velozmente y se paró entre ella y su hijo.

Max le cerró la retaguardia poniéndose entre ella y el corralito. Pero Sara solo miraba a la madre.

- Mañana no te quiero acá – le espetó con odio.

- Sara, si tan solo pudiéramos hablar… - musitó Yamila.


- Vos y yo no tenemos nada de qué hablar. ¡Puta! – le gritó. ¡Por fin le salían los gritos! Sintió como un río ardiente de odio y desprecio se regaba por todo su cuerpo.

¡Sos una hija de puta! ¡Tendrías que haberte muerto con él! ¡Me estafaste! ¡Te aprovechaste de mí! ¡No te bastó con quitarme a mi marido! ¡Iban a dejar a mis hijos sin padre!


Camila y Damián miraban asustados desde el pasillo. Nunca habían visto a su madre así y comenzaron a llorar.

Max, esquivó a las dos mujeres y le pidió a Camila que llamara a un taxi y fuera a casa de su abuela. Descuidadamente, la abrazó y les dijo que no se preocuparan, que él se quedaría con su madre, pero que por favor hicieran lo que les pedía. Con rapidez deslizó un billete de 50 pesos en la mano de la niña y se volvió a internar en medio de la tormenta.

- Yo…

- ¡Vos no podés decir nada! Sos una mal nacida… una persona cruel y baja. Sin valores ni educación, sin corazón ni vergüenza.

Sara quiso tirarse sobre ella, pero dos brazos fuertes y firmes la sostuvieron por detrás.

- ¡Max, soltame! Esta hija de puta…

- Lo sé, Sara, lo sé. Pero esta no es la solución. Lo hecho, hecho está.

- ¡Me las va a pagar! ¡No puede salir impune de tanto sufrimiento u himillación como me ha causado!

- Sara, vos no sos así… – le susurró Máximo – dejale toda la vergüenza a ella…

- ¡Andate de mi casa! ¡YA!

Yamila retrocedió recién cuando vio a Max retirar al niño del corralito.

Con una mirada dura y los brazos temblando de ira, depositó el bebé en brazos de su madre.

- Yamila, es mejor que te vayas. Mañana manda a recoger tus cosas. Y no regreses nunca más.


No hizo falta más, la joven huyó escaleras abajo sin siquiera importarle donde pasaría la noche.

Sara se derrumbó en el piso, llorando todo lo que había perdido. Llorando su ingenuidad, su bondad, maldiciendo ese corazón que no estaba preparado para un mundo tan cruel.

Max se arrodilló detrás de ella y le sostuvo la frente para evitar el ahogo. La ayudó a levantarse y la acompañó hasta el baño dónde le mojó la nuca y le sostuvo el cabello mientras ella vomitaba sus nervios y odio.

La vio retorcerse de dolor y arcadas cuando ya no tenía nada más para vomitar y le apoyó una toalla de agua fría sobre los hombros cuando comenzó a calmarse.

Con mucho cuidado la acompañó escaleras abajo y la sentó en el sofá grande instalándose a su lado. La acomodó para que apoyara su espalda sobre su pecho. Y la abrazó durante horas mientras seguía llorando hecha un ovillito.

Estaba tan frágil que parecía quebrarse bajo su abrazo.

Horas más tarde, pudo dormir un rato, solo para despertar con pesadillas. Sonó el teléfono y Max corrió a atenderlo.

Brígida había esperado a que los niños se durmieran para llamar desesperada a ver que pasaba. Max no le dio explicaciones, pero le aseguró que se quedaría allí y que no tenía de qué preocuparse.

Cuando regresó, Sara continuaba con esa mirada vacía y vidriosa.

Pero de repente lo miró y le hizo espacio para que volviera a acomodarse a su lado. Mientras él la abrazaba, ella le preguntó ¿Por qué?

Y él le dijo que no sabía por qué, que eso solo podía responderlo Sebastián y no estaba allí.

Ella sacudió la cabeza como para aclararse la cabeza y con voz de ultratumba dijo:

- No. Quiero decir, ¿por qué estás acá? ¿Porqué me cuidás después de lo mal que te traté?

Él sonrió y la miró como quien mira a una niña.

- Porque te amo, Sara. Casi desde el primer instante en que te ví, porque me enamoré de tu inmenso corazón, de tus increíbles hijos, porque solo me siento pleno cuando estoy con ustedes...

Ella hizo una mueca de dolor y con mucho esfuerzo por hablar le dijo:

- Max, yo no sé que siento. No sé porqué sigo viva.

- Ya lo sé… pero no te preocupes, esto también va a pasar y tendrás las cosas más claras. Yo no tengo apuro. Y aunque parece el fin de todo, quizás sea el mejor comienzo. Con todos los cimientos derruidos, solo queda una cosa por hacer. Volver a construir…

- No sé si pueda, no sé si tenga fuerzas…

- Tus hijos son tu fuerza. Y yo estoy acá, para lo que quieras, para lo que necesites. Solo dejame quedarme…

- Estoy muy cansada…

- Lo sé. ¿Te apetece un té?

- Creo que sí – dijo ella, mientras volvía a recostarse en el sofá.

Para cuando él regresó, ella dormía profundamente. Era un ángel con las alas rotas.

Se sentó en un sillón individual y se dispuso a tomarse el té que había traído para él.

Tal vez, un café hubiera sido una mejor idea. Iba a ser una larga noche y él pensaba pasarla velando su sueño.

Era el fin de todo. El sufrimiento desgarrador. Pero también podía ser la mejor forma de recomenzar. Sin culpas, vergüenzas o prejuicios. Inmaculada, impoluta. Única, inigualable.

Y si de él dependía, la vería resplandecer nuevamente. Y si podía rogarle al cielo, si aún no había olvidado como hacerlo, pediría que ese renacimiento fuera a su lado.

El ave fénix, dormía frente a él en un sofá. Con las alas desplumadas, pero listas para elevar el vuelo.

Se juró a sí mismo, que la vería sonreír de nuevo. Se juró amarla como, ahora sabía, nadie la había amado jamás.


FIN


sábado, 29 de noviembre de 2008

CUENTO - SEPTIMA PARTE

Milena sospechaba que su cuñada no tenía idea dónde se estaba metiendo, pero conocía su corazón y sabía que era inútil apartarla de aquella empresa.

Allí estaba, sentada como un testigo mudo mientras Sara y su familia se congregaban en torno a la mesa para discutir la situación.

Ella no estaba del todo segura de que fuera lo mejor para los niños ser partícipes de ese tipo de circunstancias. Sin embargo, en casa de Sara y Sebastián siempre se habían tratado todos los temas de la misma manera. Los niños tenían derecho a opinar sobre cada suceso que pudiera afectar a la familia. Había pasado mucho tiempo desde que había desistido de inmiscuirse en la funcionalidad de esa familia.

Mientras Sara contaba todo lo que habían averiguado sobre Yamila y su repentina irrupción en sus vidas, Milena se había adjudicado el equipo de mate y cebaba a los mayores sin apartar su mirada de aquél extraño consejo.

A medida que avanzaba el relato, los rostros de todos los adultos presentes comenzaron a relajarse. Tener la certeza de que Sebastián no había engañado a su esposa, de que no se habían equivocado al juzgarlo durante una década, era el dato de mayor importancia.

Claro que eso fue hasta que Sara expuso su idea final.

No permitirían que la policía supiera la verdadera identidad de Yamila hasta que la joven tuviera a su niño. Y sería la mismísima Sara quien se ofrecería como su guarda, con una recomendación escrita del oficial Suárez.

Fue entonces cuando Brígida emitió un resuello dispuesta a atacar.

Su hija la miró firme y distante desde el otro lado de la mesa y sentenció:

- Es lo último que quiso hacer Sebastián. Cuidar de esta niña. Vaya uno a saber porqué.

Pero al mirar a sus hijos intuyó sus razones.

Les había dado muchísimo trabajo cuidar de ellos y proveerlos de una buena vida. Los amaban con locura. Si alguno de los dos se hubiera encontrado solo cuando ellos eran pequeños, no hubieran podido con tamañaza responsabilidad. Si no hubieran contado con el apoyo de ambas familias… si se hubieran encontrados solos en el mundo sin ninguna puerta para golpear.

¿Y si algún día su pequeña Camila se encontrara involuntariamente en aquella situación? ¿No desearía con todas sus fuerzas que alguna buena persona se apiadara de sus necesidades y le diera una mano?

Ernesto posó una mano silenciosa sobre la de su mujer, y ella lo miró callada mientras él le regalaba una mirada brillante. Su marido estaba henchido de orgullo. Y ella también debería sentirlo. Su pequeña Sara, aquella niña que se había ovillado entre sus brazos con cada raspón en las rodillas, se había convertido en una maravillosa joven, una estudiante promedio pero sumamente perseverante, en una esposa fiel y compañera, en una madre contenedora y en una mujer con un corazón de oro. Una mujer capaz de dejar a un lado el dolor para enseñarle a sus hijos sobre la generosidad, la solidaridad, la bondad y los buenos gestos; para cumplir el último deseo de su amor.

Brígida sonrió con lágrimas en los ojos y Ernesto pasó su brazo alrededor de su cuello para atraerla hasta él.

Milena pudo sentir todo el intercambio y sus ojos también se llenaron de lágrimas, a pesar de su dureza exterior no pudo dejar de emocionarse. Después de ver a su hermano y su cuñada juntos, solo bastaba ver a Ernesto y Brígida para comprender por qué Sebastián había chocado durante años con sus padres y por qué ella no entendía tantas actitudes dentro de esa familia.

Sus padres nunca se habían entendido así, sin palabras. Nunca habían sentido el corazón de sus hijos como Ernesto y Brígida leían en el de Sara.

Su familia había sido fantástica, sus padres excelentes, pero siempre había un velo presente entre ellos y sus hijos. Una distancia impalpable.

En cambio en esta familia, el lenguaje no alcanzaba, era apenas una mínima fracción de lo que realmente ocurría.

Pudo sentir lo que sintió su hermano. Después de vivir aquello, no se podía desear menos.

Él lo había conseguido, se había quedado con el premio mayor: su esposa. La raíz de su vida, su amor, sus pensamientos. La raíz de la familia que quería formar. La materia prima de excelencia.

Cuando todo se calmó un poco en la mesa, vio que los chicos los miraban pensativos. No eran como los demás niños, no se habían distraído jugando a cualquier cosa, no habían interrumpido la conversación, no se revolvían en sus sillas. Damián solo movía ligeramente las piernitas que le colgaban de la silla, pero siempre lo hacía, aquél movimiento era como su “descarga a tierra”.

Sara se enderezó y con una sonrisa de oreja a oreja les preguntó que les parecía la idea de tener a una jovencita que pudiera cuidar de ellos, hacerles compañía y quizás incluso participar de sus juegos durante un tiempo.

- ¿Es bonita? – preguntó Cami.

- Sí, lo es. – respondió su madre imitando la voz engolada de su pequeña.

- ¡¿Y porqué tiene que ser una chica y no un chico que le gusten los autos?! – rezongó Damián.

- Jajajaja, hijo, porque no salí a buscarla, simplemente es alguien que necesita ayuda.

- ¿Le gusta jugar a las barbies? – preguntó la niña quién acababa de darse cuenta de que finalmente tendría una amiga a tiempo completo.

- No lo sé Camila, pero podemos preguntarle… de todas maneras ella está embarazada y cuánto más descanse será mejor.

- Hum… - dijeron los niños al ver sus sueños aguados.

- ¡Vamos! ¡A algo podrá jugar! No se desesperen, solo digo que no deberían hacerla renegar…

- Por mí está bien mamá – concluyó Cami.

- Por mí también! – gritó casi chillando Damián, quién jamás sería menos que su ídola: su hermana.

- Ay! Mis queridos… no esperaba menos de ustedes – murmuró Sara con la misma cara radiante de orgullo que, minutos antes, habían tenido sus padres.

Milena no pudo más que admirar con todas las fuerzas de su alma a aquella familia. Todo aquello que había pensado durante su vida se veía opacado por este pequeño grupo de personas. De pronto se sintió casi una intrusa, un poquito sucia entre aquellos corazones impolutos. Y, sin decir nada, juntó la pava y se dirigió a la cocina a calentar el agua y cambiarle un poco de yerba al mate.

Sara miró preocupada a su cuñada. Se había mantenido por afuera de la charla y cuando se levantó su cara demostraba desazón. De manera que, aprovechando que sus hijos habían dado por concluida la conversación yéndose a jugar al living, la siguió haciéndoles, de pasada, una señal a sus padres para que se perdieran.

- Milena, ¿te parece mala idea todo esto?

- Yo… ehmmm… no. ¿Por qué lo preguntás?

- Porque estuviste seria todo el tiempo y parecías triste cuando te levantaste de la mesa. Además, vos sabés lo importante que sos para mí, para nosotros, para toda mi familia… Si algo de esto te molesta me gustaría que pudiéramos conversarlo.

Así era Sara, franca y frontal. Siempre le hacía frente a las cosas, nunca dejaba lugar a malos entendidos. Milena siempre había admirado a su cuñada.

- No, no es eso… es simplemente que de alguna extraña manera, de una forma muy amorosa, los envidio…

- ¿Nos envidias? ¿A quienes?

- A ti, a tus padres, la familia que han creado con Sebastian. Tienen esa forma de comprenderse sin palabras, solo mirándose a los ojos…

- Jajajaja, yo siempre los envidié a Sebastián y a vos!!!!

- ¿A nosotros? – dijo Milena estupefacta.

- Sí, ¡eran tan unidos! Sebastian te adoraba con locura. Si se lo hubieras pedido me hubiera dejado sin vacilar… para él eras su hermanita de oro. Yo nunca tuve eso, ni la complicidad, ni la incondicionalidad. Nunca tuve a alguien con quien hacer travesuras, escaparme de clases o lo que sea que hagan dos hermanos que se aman… me daban unos celos terribles cuando los veía reírse con compinchería recordando cosas de sus vidas, de esa vida que había tenido Sebastian antes de mí, de esa vida de la que yo no formaba parte.

- Pero… ¿celos? ¿vos? ¿de mí?...

- No de vos… de la relación que tenían. Vos tampoco me tenés envidia a mí, simplemente anhelás la relación que tengo con mis padres y los niños… pero ya vas a tener oportunidad de elegir la relación que quieras con los tuyos.

Yo sé que sus padres no eran como los míos, pero es porque los míos quisieron darme en su amor un poco de amistad adicional porque era hija única.

Sebastian y vos no necesitaban eso, ¡lo tenían entre ustedes!

Fijáte que Camila y Damián tienen esa relación conmigo, pero entre ellos son mucho más fuertes. Camila no me contará del niño que la lastime como yo le contaba a mi madre. Ella se lo dirá a Damián. Y quizás mi hijo salga estoicamente a buscar al muy ladino… y espero que, cuando menos, ¡le de un buen susto!

Milena se sintió aliviada de que Sara no se hubiera enojado, y porqué no reconocerlo: también se sintió muy estúpida.

- Oye, a todo esto: ¿Qué hay con el policía que te mira con ojitos de perrito apaleado?

- ¡¿Cómo?! ¿El oficial Suárez?
- Ah ¡bueno! Sara, ¡no te me hagas la tonta! El tipo anda lánguidamente detrás de tu sombra…
- Vos estás loca Milena, te hace falta un novio que amortice todo ese romanticismo que te brota de los poros!
- Sara, no soy loca, ese hombre suspira tu nombre…
- Milena – dijo Sara muy seria – soy una viuda y él el responsable del caso de mi esposo fallecido en un accidente vial.
- Ajá, y por eso está decidido a ayudarte en todo. Incluso mintiendo sobre la identidad de Yamila…
- No va a mentir. Nunca le dijimos quién es…
- Ok. Engáñate todo lo que quieras cuñada, solo te diré que parece buena gente… y aunque es medio veterano para mí, está muy bueno.
- ¡Pues ahí lo tienes!
- De eso nada, no te quita los ojos de encima, pero “tú misma”.

Sara la miró sardónicamente y con un resoplido terminó la discusión.

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Las siguientes semanas fueron una locura. Max cumplió con su palabra y escribió una carta a favor de Sara y la presentó ante el Juez. Apenas se cruzaron en los tribunales, pero él no perdió la oportunidad de decirle que se pasaría de vez en cuando por casa de Sara a ver como estaba Yamila. Y que cualquier problema que tuvieran, no dudaran en llamarlo a su casa, cualquier día, a cualquier hora.

Yamila se restableció y se instaló en casa de los Volken. Fueron semanas muy arduas, la joven no tenía más que una pequeña maleta que había sobrevivido al choque, así que tuvieron que salir de compras para proveerla de artículos personales.

Milena se quedó un poco más de lo que tenía pensado para darles una mano, sin embargo sus padres habían regresado a su casa y los padres de Sara habían recobrado, en ese acto, su vida y su casa.

Al principio fue muy difícil contener a Yamila que cada vez que se tropezaba con una foto de Sebastian se largaba a llorar, y los niños la miraban entre confundidos y dolidos. Y la pobre Sara se vestía de mártir, se tragaba sus propias lágrimas y consolaba a todos.

En más de una ocasión Milena pensó en pegarle a aquella niñata, pero luego se tranquilizaba y recordaba las hormonas de una embarazada.

Pasadas unas semanas, la familia consiguió estabilizarse, volver a su cauce. Y Milena, no tuvo más remedio que regresar a su hogar a continuar consolando a sus padres. Era conciente de que cada vez había más gente en la casa, y eso significaba más trabajo para Sara.

Afortunadamente, el oficial Suárez las visitaba una o dos veces a la semana. Llevaba pizzas y helado. Mucho helado. Después del primer kilo y medio de chocolate, los pequeños comenzaron a adorarlo. Y todos, menos Sara y los niños, parecían mirar con suspicacia el cuidado y devoción que le profesaba a la viuda.

Pero Milena sabía, en lo más profundo de su ser, que aquél hombre nunca se propasaría con su cuñada. Parecía un buen hombre, con madera de marido, pero no haría ningún movimiento hasta que no creyera que ella estaba lista para avanzar.

Solo la asustaba un poco que los niños comenzaban a tenerle cariño, en pocos días se había convertido en su caballito, el indio al que perseguían y hasta en la compañera de té de Camila.

Poco a poco se fue retomando la rutina de la vida familiar. Solo a veces, a solas en el baño, Sara podía darse el lujo de llorar por su esposo, de extrañarlo, de hablarle con la esperanza de que él la escuchase. Y siempre se prometía que cuando todo aquello acabase, le dejaría los niños a su madre por unos 15 días y se buscaría un lugar retirado donde abrir su corazón y ver que había quedado allí de el.

Pronto, muy pronto, Yamila tendría a su bebé y ella podría irse un tiempo.

Había pensado mucho en esas semanas y había averiguado que la joven bien podría pedir un traslado a la universidad de la ciudad. Podría retomar los estudios y ella echarle una mano con algunos gastos a cambio de que cuidara de los niños por las tardes mientras ella trabajaba. Es más, si se ajustaba un poco podría alquilar un departamentito chico y vivir allí con su hijo.

Había hablado con una abogada amiga suya y era muy probable que pudieran hablar con la familia, negociar su emancipación. No era tarea fácil, pero si se daba con el juez indicado y el caso lo llevaba una leona del litigio como Andrea, las posibilidades de que no saliera bien, eran muy pocas.

Yamila se había ilusionado con la idea de poder moverse libremente, emancipada y terminar sus estudios. Ella y Andrea habían hecho buenas migas enseguida. Su amiga, a su vez, se ofreció a darle pequeñas gestiones como para que vaya aprendiendo a moverse en tribunales.

Todo parecía ir sobre ruedas. Si conseguían un trato con la familia, se podía hacer en un par de semanas, cuando mucho: un mes.

Estaba todo pensado.

Fueron semanas muy ajetreadas, que les permitieron a todos distraerse. Solo se revolucionaba todo cuando Max los visitaba. A veces la preocupaba ver cuan fácilmente se había incluido ese hombre extraño en sus vidas. Los chicos se divertían mucho con él.

Al principio había sido incómodo, pero finalmente él se había ido ganando el corazón de su familia. Hasta sus padres, quienes habían coincidido con él en alguna visita, lo hallaban generoso y tierno.

Ella no tenía tiempo de ponerse a especular sobre las intenciones de Max. Aún recordaba las palabras de Milena, pero no podía centrarse en ese momento a dilucidar sus sentimientos o lo que le producían los sentimientos de él.

Las semanas se convirtieron en meses y pronto se encontraron con los últimos preparativos.

Con las gestiones de Andrea, habían acordado con la familia de Yamila que ella no regresaría a su ciudad natal a menos que estuviera casada y ellos le enviarían dinero por dos años más, hasta que cumpliera la mayoría de edad. Al fin era libre. Y pronto tendría a su bebé.

Toda la familia estaba nerviosa. Los niños querían quedarse por siempre con la madre y el niño y le rogaban insistentemente a Sara para que arreglaran una habitación para el bebé. O sino, estaban dispuestos a cederle el cuarto de los juguetes.

Ella suponía que Yamila preferiría gozar de su independencia recientemente adquirida, pero como era probable que hasta que se acostumbrara a su nueva vida necesitara de compañía, era aún muy pronto para invitarla a quedarse más tiempo.

El día tan esperado llegó como llegan todas las cosas que se sueñan durante mucho tiempo: con naturalidad. No era un día diferente a cualquier otro hasta que la joven rompió bolsa.

A partir de ahí, la familia entera se dedicó a llamar a las personas interesadas: Brígida y Ernesto, Milena, Andrea y Max. Mientras tanto, contaban cotaban minutos entre contracciones. Cuando llegaron a 10 minutos entre contracciones se dirigieron al hospital y una hora y media después, el bebé reposaba sobre el pecho de su orgullosa madre.

Era un varón.

- Se va a llamar Sebastián. – Fue lo primero que dijo Yamila, mirando a Sara con una cara cansada pero triunfal. Les debo más de lo que podrían imaginarse.

martes, 21 de octubre de 2008

CUENTO - SEXTA PARTE

Sara estaba estupefacta. Cualquiera diría que estaba “perpleja”, “anonadada”, “sorprendida”; pero era mucho más que eso. Sencillamente no podía reaccionar. En su cabeza resonaban las últimas palabras de Yamila como un tambor lejano que recorre una isla...
Lo primero que pudo volver a sentir, fue alivio.
Un inmenso y reparador alivio. Una tranquilidad que se derramaba lentamente por sus venas cubriendo palmo a palmo todo su ser. Un peso que le quitaban del corazón de golpe, la sensación de que aún seguía allí: aplastante. Pero la certeza de que era solo eso, una sensación. El peso ya no la oprimía, no la ahogaba. Respiraba acompasadamente una brisa de aire fresco.
Sin embargo, sus pensamientos continuaban adormecidos, anestesiados. Había allá en el fondo de su mente un ruidito casi imperceptible, sostenido. Un susurro que intentaba acallar con todas sus fuerzas. Un dolorcito minúsculo que permanecía agarrado con uñas y dientes a su pecho.
Por un momento pensó que lo mejor era ignorarlo. Sebastián no la había engañado y eso ya era todo lo que debía importarle.
Pero Sara sabía que no era cierto, no podía obviar el hecho de que su marido la había engañado, le había mentido y ocultado.
Quizás no una mujer... pero sí un hijo. Le ocultó una criatura que pensaba incorporar a sus vidas. Le ocultó todo lo relacionado a esa criatura y su futuro en la familia.
¿No pensó en que debía incluirlos? ¿No se le ocurrió que ella como “la futura madre” tendría algo que decir? ¿ No tuvo en cuenta los sentimientos de sus hijos? ¿Acaso iba a ponerlos a todos en la penosa situación de dirimir todas estas cuestiones frente a una joven que ya bastante había sufrido?

- ¿Cómo se les ocurrió tomar una decisión como la de continuar con el embarazo sin saber qué íbamos a opinar los demás? No nos tuvieron en cuenta... no contaron con el derecho de mis hijos a decidir también sobre algo que los afectaría para el resto de sus vidas.

- Sebastián estaba seguro de que ustedes iban a aceptar, que iban a pensar en el futuro de mi bebé, que iban a ser felices de poder darle todo lo que yo no puedo...

- Aún así, ¡teníamos derecho a saberlo! Somos parte de esa decisión... mis hijos al aceptar un hermanito, aceptan justo eso, un hermano. Alguien con sus mismos derechos, alguien con quien compartir todo. No solo sus juguetes. Sino su herencia, su futuro, sus afectos. Pensaban quitarles ese derecho...
- No, señora, no creo que su marido pensara así... él iba a hacerlos partícipes de todo y por supuesto lo consultaría...

- Querida, vos no tenés responsabilidad alguna en todo este entuerto... pero ustedes venían a conocernos sin nosotros saber nada... es una forma un tanto complicada para tomar cualquier tipo de decisión estando vos presente. No hablamos de cualquier cosa, sino de un suceso que puede cambiar muchas vidas... en fin, me sorprende de Sebastián, pero quiero pensar que habrá tenido sus razones.

Milena observa silenciosa la escena. Por un lado, como Sara, se sentía profundamente aliviada. Si su hermano la hubiese engañado, sería una circunstancia incómoda y dolorosa para toda su familia. Porque todos amaban a Sara, ella formaba parte de sus vidas desde hacía muchos años, pero además, estaban los niños. Nadie podría predecir que hubiera ocurrido...
Aún así, no comprendía el proceder de su hermano. Sara era una mujer sensible, solidaria, comprometida. Amaba a los niños más de lo que nadie podría expresar. Entonces ¿porqué su hermano no le había dicho nada? Definitivamente había metido la pata...
No obstante, el aire en la habitación había cambiado, ambas mujeres se habían distendido, estaban abiertas de una manera distinta a escuchar y comprender.

Yamila temía decir cualquier cosa fuera de lugar, solo había asentido comprensivamente a la explicación de Sara y se encontraba a la expectativa.

- ¿Has pensado que vas a hacer ahora?

- No, tampoco tengo muchas alternativas. El embarazo está muy adelantado y no puedo interrumpirlo. Probablemente deba abandonar mis estudios y mi padre me casará con cualquier hombre que quiera hacerse cargo de un hijo que no es suyo a cambio de un nombre conocido.

- No puede ser que esa sea tu única opción...

- Tengo 18 años, no estoy emancipada, mi padre puede reclamarme en cualquier momento... Puedo huir de casa hasta que me encuentren... pero el final sería el mismo. Y aún cuando me fuera, debería abandonar los estudios para trabajar... no sé que futuro podría darle a mi hijo.

Sara y Milena intercambiaron miradas. No era sencillo encontrar una salida beneficiosa 100% y no estaban en posición de desentenderse del problema. Sebastián había promovido toda la situación que ahora estallaba frente a sus ojos. Ellas, eran su familia, y las familias hacen eso: de red de contención de los problemas, dificultades y decisiones de sus miembros.
Además, allí estaba esa niña, sola, pidiendo ayuda a gritos. Sara no pudo evitar pensar en Camila. ¿Y si fuera su hija quien un día necesitara ayuda de perfectos desconocidos? ¿No desearía ella que alguien se apiadara y le tendiera una mano?

- Yamila, ¿vos no crees que sea posible hablar con tu familia? ¿Realmente es imposible que decidan ayudarte con tu bebé hasta que concluyas tus estudios?

- Señora...

- Podés tutearme – dijo Sara con voz maternal.

- Sara – balbuceó la joven un poco colorada – en mi casa esta situación no es un problema económico, ni siquiera de solidaridad. Allá es una cuestión de honor. Las madres solteras no están bien vistas, los niños sin padre son parias sociales. Por eso recurren al tráfico de bebés para tapar el deshonor. Las familias de cierto nivel social no tienen hijas que son madres solteras. Quizás mi familia acepte arreglarme un matrimonio y permitirme tener a mi hijo conmigo, pero no sé que vida le espera con un padre que no es el suyo. Y que probablemente no nos ame a ninguno de los dos...

- Y el padre ¿no se va a hacer cargo?

- Yo diría que no... mire, no se preocupe, es mi problema y fue mi decisión seguir adelante. Siempre supe que existía una mínima posibilidad de que su familia no quisiera quedarse con mi bebé y que, de alguna manera saldría adelante sola. Demasiado han hecho por mí ya...

Una enfermera entró a la habitación, preguntó si todo estaba bien y chequeó el suero haciendo algunas anotaciones en la historia clínica de la paciente.
Milena se revolvió un poco en su lugar y miraba fijamente a su cuñada que parecía debatirse violentamente con algunas ideas.
Finalmente preguntó a la enfermera cuánto tiempo más creía que debía quedarse internada Yamila.

- Si continúa evolucionando como hasta ahora, en unas 48 hs. es posible que le den el alta. Tendrá que venir a que le quiten los puntos de la frente, pero eso será en unos días.

Sara necesitaba pensar. Aclarar su mente.

- En un momento le traerán la merienda y una enfermera puede ayudarla a levantarse un rato si lo desea. No vaya a intentarlo sola, porque es probable que se mareé, lleva ya unos días en cama y aún se encuentra débil.

Yamila asintió, dispuesta a acatar las recomendaciones y Milena, quien llevaba lo que le parecían horas, en silencio, decidió que ya era hora de partir. La familia tenía mucho que pensar y charlar.

- Sara, creo que es mejor que la dejemos sola. Además, el oficial Suárez seguramente quiere hablar con ella. Podemos regresar mañana a ver como se encuentra.

- Sí, es verdad. Yamila, te dejamos para que puedas descansar un rato, mañana volveremos a ver como seguís...

- Gracias. Sara, por favor, no se sienta obligada a nada. No se preocupe por nada.

- Querida, estás sola y has pasado por una experiencia traumática, mi marido ha muerto y tu estabas a su cuidado. Mientras permanezcas aquí, en honor a su memoria y todo el amor que le tenemos, estás bajo nuestro cuidado. Se lo debemos a él por todo lo que nos ha dado.

Milena, pese a su dureza, no puedo esconder una lágrima gruesa que rodó por su rostro. Una lágrima de emoción, respeto y admiración. Su hermano había elegido muy bien, Sara era una persona íntegra y sensible.
A pesar de todo por lo que estaba atravesando, no iba a abandonar a la muchacha. Haría a un lado su propio dolor y estaría allí para ella. Era un ejemplo de estoicidad cotidiana.
No saldría en los diarios, ni sería la heroína de un matutino radial, pero estaba allí cambiando una vida y ella era testigo de ello. Era un ejemplo.
Sin que apenas lo percibieran, se limpió de un manotazo la lágrima furtiva y se aclaró la garganta con un carraspeo.
Siguió a Sara en la despedida y esperó pacientemente a que su cuñada retirara su mano de la de la joven mientras la saludaba con un apretón cálido y reconfortante. Era un cuadro casi maternal.

Cuando se hubieron retirado de la habitación, casi se dan de bruces con una enfermera que cargaba una bandeja. Y allí, con un nuevo vaso de plástico con café, casi recostado contra la pared del pasillo, estaba Max.

- Está por comer, le traían la merienda. Pero se encuentra mucho mejor. – dijo Sara fríamente.

- Quizás después pueda entrar a hablar un rato con ella. – musitó el oficial.

Milena intuyó un clima espeso entre esos dos. Le pareció extraño, tal vez se conocían de antes, o había ocurrido algo que ella desconocía.

- Oigan, porqué no nos tomamos un café decente y merendamos nosotros también algo, y de paso, le contamos al oficial lo que nos hemos enterado. Puede que después de eso no necesite molestarla nuevamente.

Sara improvisó un gesto de disgusto y le echó una mirada fulminante a su cuñada. En cambio Max aceptó velozmente la invitación y añadió que conocía a media cuadra un cafecito bastante agradable que servía unas tortas exquisitas para acompañar el café.
Estaba acorralada y lo sabía, era inútil resistirse.

Una vez en el café y habiendo pedido ya la merienda, pusieron al tanto a Suárez de la situación. Se lo contaron todo. Los planes de Yamila y Sebastián, las circunstancias que los empujaron a ellos y las dificultades familiares que le podría acarrear todo ese asunto a la joven madre.
Suárez se quedó pensativo un momento.

- ¿Saben el apellido de la chica?

- No, la verdad es que no se nos ocurrió preguntarle
– respondió Milena.

- mmmm...

- ¿Por qué será que ese “mmmm” no me gusta nada...
- dijo Sara con mirada amenazadora.

- No se enojen, yo entiendo perfectamente la situación de esta chica, y es verdad que si la familia es como ella dice que es, la situación se complica más. Pero, yo no puedo evadir en mi informe el hecho de que es una menor. Y si conozco sus datos, tengo que informar a sus padres aunque no me guste la idea de lo que pueda pasar.

- ¡Pero la van a obligar a dar a su bebé a desconocidos!

- Sara, eso no lo sabés... es lo que te contó ella.

- Pero...

- A ver, pensemos – dijo Milena interrumpiedo una discusión que ya sonaba un tanto extraña – todavía no sabemos si podemos hacer algo por ella... o si queremos hacerlo.

Sara la miró acongojada. Milena tenía razón. Quizás pudieran hacer algo, pero eso implicaría poner en una incómoda situación al oficial Suárez y ella realmente todavía no estaba segura de querer hacer aquello.

- Sin embargo – prosiguió Milena – usted oficial, aún no sabe los datos de Yamila. Apenas el nombre y que es del norte del país. ¿Que pasaría en caso de que la joven padeciera un cuadro de amnesia temporal producido por el estado de shock? ¿Y si ella misma no recordara de dónde es, como se llama o cualquier otro dato relevante?

- Bueno...
– babuceó Max a sabiendas de que aquello era una suposición plausible, pero a la vez, era un engaño – imagino que en ese caso, la joven quedaría a cargo del estado hasta que se determinara su identidad. O quizás a cargo de un tercero que deseara hacerse cargo de ella frente al juez.

Ambos, tanto el policía como Milena miraron escrutadoramente a Sara.

- Ajá! Claro! Y ese alguien debería ser yo según ustedes!

- Bueno Sara... yo de mil amores me la llevaba, pero no creo que el juez me la deje sacar de la provincia... y esto no se soluciona en unos días...

- Ya...

- A ver señoras, están tomando una decisión solo basadas en los dichos de una perfecta desconocida, puede ser muy riesgoso. Y si la joven es una asesina, una ladrona...

Las dos lo miraron con sorna y Max se dio cuenta de que la niña parecía más un pollito mojado que una asesina serial.

- Max, mi esposo confiaba en ella, pensó incluso en incorporarla de alguna manera a la familia... no creo que sea peligrosa.

- Bueno, listo, ya está solucionado el problema. Sara tu te la quedas! – dijo su cuñada muerta de risa.

- Yo creo... – dijo tímidamente Sara – que tenemos que pensarlo con detenimiento. No es solo con quién se queda la chica, sino también que haremos luego con el niño. Según refiere, ella puede perder unos meses de clases sin que apenas se note. ¿Pero luego que hará con la criatura?

- Pues te la quedas tú, como tenía pensado Sebastián.

- Ay, Milena, a veces resuelves las cosas de una manera tan infantil, que se me olvida que has crecido.
Si esa fuera una opción, he de hablarlo con mis hijos. Pensar en la parte económica, porque si he de hacerme cargo de una criatura más hay muchas cosas que pensar y es una enorme responsabilidad. Y también está el asunto de que en la familia hay un miembro menos... – gruesas lágrimas se deslizaron por sus ojos, pero las arrebató pensando que aquello les imprimía prisa.
¿Quién cuidará de un niño tan pequeño mientras yo trabajo para proveer a la familia?

- Tienes razón
– respondió lánguidamente Milena.

- Pero bueno, cierto es, que mientras pensamos en todos estos detalles, dentro de 48 hs. esta niña estará lista para irse del hospital. Y más allá de lo que decidamos o podamos acordar, es prioritario que tenga donde alojarse en cuanto la externen. Deberíamos regresar al hospital y preguntarle si le apetecería quedarse en casa unos días para pensar una buena manera de salir de esto.

Max no podía creer la entereza de esa pequeña mujer. Había atravesado en unos pocos días por un montón de disgustos, no había tenido apenas tiempo para llorar su pérdida y lo dejaba todo en pos de ayudar a una completa desconocida. Su admiración y respeto crecían a cada momento y no pudo obviar el hecho de que ella le gustaba mucho. Muchísimo. Tanto que su ética profesional prácticamente se le olvidaba.
Quizás, a veces, había que olvidar lo que se “debía” hacer, por hacer lo que se creía.
Pagaron la cuenta y regresaron al hospital, había que poner manos a la obra.
Max decidió que era mejor si él esperaba en el pasillo, para no enterarse de datos que luego pudieran afectar su deber policial. En ocasiones, saber menos, era mejor.

Milena entró como una tromba en la habitación, donde la joven se mantenía serenamente recostada con la mirada perdida en el cielo raso del techo. Como pudo y en cinco minutos le contó todo emocionada.
Que el oficial no sabía sus datos, que podían fingir una amnesia temporal para que no llamaran a sus padres, que habría que hacer un trámite en el juzgado pero que luego podría quedarse con Sara en su casa hasta que analizaran todas las posibilidades, que no estaba sola, que no tenía nada que temer... apenas respiraba.
Yamila la miraba atónita y luego miraba a Sara, quien se mantenía calma y callada a la espera de que su cuñada tomara un respiro.

- Pero...

- Mirá Yamila, fue lo único que se nos ocurrió para evitar que llamaran inmediatamente a tus padres. Pusimos en conocimiento de la situación al oficial que tiene tu caso y afortunadamente nosotras no tuvimos que mentir al decirle que desconocíamos tus datos, solo tu nombre de pila. Y así, con la amnesia, él tampoco tendrá que mentir al ponerlo en su informe. Esto puede proveernos de algunos días para pensar la situación más relajadamente.
- Una vez él haya presentado su informe, como eres menor quedarás en manos del estado, puede ir a un hogar de madres solteras o puedo presentarme para solicitar tu custodia hasta que te recuperes. Si lo prefieres, también podemos omitir toda esta idea loca y llamar a tus padres.

- No! a mis padres, no. No puedo enfrentarme a ellos.


Un silencio recorrió la sala... Sara la observaba cuidadosamente, no sabía cómo era que se había metido en aquel embrollo, pero ya estaba hasta el cuello en él.

- Sara... ¿de verdad quieres llevarme a tu casa? No me conoces de nada.

- Mi esposo confiaba en vos – y no pudo evitar que en su cabeza resonara, sordo, el eco de: “más que en mí”.

- Entonces, para mí sería un placer!

Sara y Milena se miraron a los ojos. Era una niña, y necesitaba con urgencia amor y comprensión. Aún quedaban muchas cosas pendientes. Los trámites en el juzgado, hablar con los niños, explicarle a sus padres... pero poco a poco, algo avanzaban.

- Deberíamos hacer pasar al oficial Suárez. Tiene que tomarte declaración y la necesitamos, con ella iremos a solicitar la custodia a tribunales. Quizás mañana venga una trabajadora social a verte.

- Bien, no lo hagamos esperar entonces! – respondió la jovencita incorporándose un poco en la cama y acomodándose la bata para que la cubriera todo lo posible.

El gesto aquél, le dijo a Sara mucho más de lo que ya sabía.
Milena hizo pasar a Max, quien ingresó serio a la habitación, pero sin dejar de mirar cálidamente a Sara.
Yamila y Milena cruzaron una mirada que pasó desapercibida para las otras dos personas que se encontraban allí.

- Bueno, comencemos desde el principio. – dijo Max.


CONTINUARÁ...