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domingo, 25 de julio de 2010

SEX APPEAL

By Sebastián Riestra


Bajo la luz del atardecer ella toma mate y sueña. Tiene un libro en la cartera y un silencio en el fondo de los ojos.
Distraída, se toca el pelo y piensa en lo que ha conseguido. Es mucho, pero lo que le falta es más: un alma a la que acariciar cuando haga frío.
Ella es así, a su modo sincera. Adolece bellamente y surge como un faro en el mundo oscuro.

Su sex appeal sólo parece inocente: ella es sabia en la graduación de los gestos, experta en el cruce de miradas, conocedora de toda insinuación y habitué de cada brillo.
El mate se está lavando y también su corazón. Pero aún resiste bajo la lluvia implacable y a la vez imperceptible de los días, que se van sin avisar, dejando marcas alrededor de la boca.

Si alguna vez llegó el amor, ella no abrió la puerta. Lo confundió y tal vez no sepa ya reconocerlo en la selva del deseo. Ahora le piden orgasmos, pero no le dan la mano.
Afuera está oscureciendo. Pronto sonará el ringtone del celular o llegará un mensaje de texto. Se pronunciarán o escribirán las mismas palabras, se programarán viajes, cenas, recitales, boliches o cines, se harán los mismos gestos, se conversará sobre los mismos temas. Volverá a sonar el celular. Llegará otro mensaje.

Mientras tanto, el agua se enfrió. Ella se levanta para ir al baño y hace un chiste. Le contesta una risa apagada.
Más allá de la ventana hay un televisor encendido. Alguien grita gol.

Ya es de noche.

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Estaba paseando por los diarios y encontré en la columna de Sebastián Riestra (periodista rosarino del Diario La Capital) este relato breve que consiguió conmoverme, me pareció bellísimo en su simpleza y quería compartirlo. Espero que les guste tanto como a mí.
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domingo, 2 de agosto de 2009

EL CELULAR DE HANSEL Y GRETEL

por Hernán Casciari

Anoche le contaba a mi hijita Nina un cuento infantil muy famoso, el de Hansel y Gretel de los hermanos Grimm.

En el momento más tenebroso de la aventura, los niños descubren que unos pájaros se han comido las estratégicas bolitas de pan, un sistema muy simple que los hermanitos habían ideado para regresar a casa. Hansel y Gretel se descubren solos en el bosque, perdidos, y comienza a anochecer.

Mi hija me dice, justo en ese punto de clímax narrativo: 'No importa. Que lo llamen al papá por el celular'.

Yo entonces pensé, por primera vez, que mi hija no tiene una noción de la vida ajena a la telefonía inalámbrica. Y al mismo tiempo descubrí qué espantosa resultaría la literatura -toda ella, en general- si el teléfono móvil hubiera existido siempre, como cree mi hija de cuatro años.

Cuántos clásicos habrían perdido su nudo dramático, cuántas tramas hubieran muerto antes de nacer, y sobre todo qué fácil se habrían solucionado los intríngulis más célebres de las grandes historias de ficción.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica, en cualquiera que se le ocurra. Desde la Odisea hasta Pinocho, pasando por El viejo y el mar, Macbeth, El hombre de la esquina rosada o La familia de Pascual Duarte. No importa si el argumento es elevado o popular, no importa la época ni la geografía.

Piense el lector, ahora mismo, en una historia clásica que conozca al dedillo, con introducción, con nudo y con desenlace.
¿Ya está?
Muy bien. Ahora ponga un celular en el bolsillo del protagonista. No un viejo aparato negro empotrado en una pared, sino un teléfono como los que existen hoy: con cobertura, con conexión a correo electrónico y chat, con saldo para enviar mensajes de texto y con la posibilidad de realizar llamadas internacionales cuatribanda.

¿Qué pasa con la historia elegida? ¿Funciona la trama como una seda, ahora que los personajes pueden llamarse desde cualquier sitio, ahora que tienen la opción de chatear, generar videoconferencias y enviarse mensajes de texto? ¿Verdad que no funciona un carajo?.

La Nina, sin darse cuenta, me abrió anoche la puerta a una teoría espeluznante: la telefonía inalámbrica va a hacer añicos las viejas historias que narremos, las convertirá en anécdotas tecnológicas de calidad menor.

Con un teléfono en las manos, por ejemplo, Penélope ya no espera con incertidumbre a que el guerrero Ulises regrese del combate.

Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria.

Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.

Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.

Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.

Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.

Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, el desencuentro y la incomunicación. Han podido existir gracias a la ausencia de telefonía móvil.

Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa.

La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler).

Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis:
M HGO LA MUERTA,
PERO NO STOY MUERTA.

NO T PRCUPES NI
HGAS IDIOTCES.
BSO.


Y todo el grandísimo problemón dramático de los capítulos siguientes se habría evaporado. Las últimas cuarenta páginas de la obra no tendrían sentido, no se hubieran escrito nunca, si en la Verona del siglo catorce hubiera existido la promoción 'Banda ancha móvil' de Movistar.

Muchas obras importantes, además, habrían tenido que cambiar su nombre por otros más adecuados.

La tecnología, por ejemplo, habría desterrado por completo la soledad en Aracataca y entonces la novela de García Márquez se llamaría 'Cien años sin conexión': narraría las aventuras de una familia en donde todos tienen el mismo nick (buendia23, a.buendia, aureliano_goodmornig) pero a nadie le funciona el Messenger.

La famosa novela de James M. Cain -'El cartero llama dos veces'- escrita en 1934 y llevada más tarde al cine, se llamaría 'El gmail me duplica los correos entrantes' y versaría sobre un marido cornudo que descubre (leyendo el historial de chat de su esposa) el romance de la joven adúltera con un forastero de malvivir.

Samuel Beckett habría tenido que cambiar el nombre de su famosa tragicomedia en dos actos por un título más acorde a los avances técnicos. Por ejemplo, 'Godot tiene el teléfono apagado o está fuera del área de cobertura', la historia de dos hombres que esperan, en un páramo, la llegada de un tercero que no aparece nunca o que se quedó sin saldo.

En la obra 'El jotapegé de Dorian Grey', Oscar Wilde contaría la historia de un joven que se mantiene siempre lozano y sin arrugas, en virtud a un pacto con Adobe Photoshop, mientras que en la carpeta Images de su teléfono una foto de su rostro se pixela sin remedio, paulatinamente, hasta perder definición.

La bruja del clásico Blancanieves no consultaría todas las noches al espejo sobre 'quién es la mujer más bella del mundo', porque el coste por llamada del oráculo sería de 1,90 la conexión y 0,60 el minuto; se contentaría con preguntarlo una o dos veces al mes. Y al final se cansaría.

También nosotros nos cansaríamos, nos aburriríamos, con estas historias de solución automática. Todas las intrigas, los secretos y los destiempos de la literatura (los grandes obstáculos que siempre generaron las grandes tramas) fracasarían en la era de la telefonía móvil y del Wi-Fi.

Todo ese maravilloso cine romántico en el que, al final, el muchacho corre como loco por la ciudad, a contra reloj, porque su amada está a punto de tomar un avión, se soluciona hoy con un SMS de cuatro líneas.

Ya no hay ese apuro cursi, ese remordimiento, aquella explicación que nunca llega; no hay que detener a los aviones ni cruzar los mares. No hay que dejar bolitas de pan en el bosque para recordar el camino de regreso a casa. La telefonía inalámbrica -vino a decirme anoche la Nina, sin querer- nos va a entorpecer las historias que contemos de ahora en adelante. Las hará más tristes, menos sosegadas, mucho más predecibles.

Y me pregunto, ¿no estará acaso ocurriendo lo mismo con la vida real, no estaremos privándonos de aventuras novelescas por culpa de la conexión permanente? ¿Alguno de nosotros, alguna vez, correrá desesperado al aeropuerto para decirle a la mujer que ama que no suba a ese avión, que la vida es aquí y ahora?

No. Le enviaremos un mensaje de texto lastimoso, un mensaje breve desde el sofá.
Cuatro líneas con mayúsculas. Quizá le haremos una llamada perdida, y cruzaremos los dedos para que ella, la mujer amada, no tenga su telefonito en modo vibrador.

¿Para qué hacer el esfuerzo de vivir al borde de la aventura, si algo siempre nos va a interrumpir la incertidumbre? Una llamada a tiempo, un mensaje binario, una alarma.

Nuestro cielo ya está infectado de señales y secretos: cuidado que el duque está yendo allí para matarte, ojo que la manzana está envenenada, no vuelvo esta noche a casa porque he bebido, si le das un beso a la muchacha se despierta y te ama. Papá, ven a buscarnos que unos pájaros se han comido las migas de pan.

Nuestras tramas están perdiendo el brillo -las escritas, las vividas, incluso las imaginadas- porque nos hemos convertido en héroes perezosos.

viernes, 21 de marzo de 2008

Estoy mirando templates nuevos. Ando con ganas de cambiarle la cara al blog. Pero no sé, no sé si no sería robarle su identidad. No sé si voy a acostumbrarme... Me está costando el cambio... igual sigo mirando... y esto no es más que un pensamiento escrito en voz alta...

martes, 18 de marzo de 2008

AMISTADES VIRTUALES

He de confesar que a mí Internet me ha traído muchas cosas buenas. He conocido gente de todo tipo, mejores y peores, buenos y malos, patológicos y normalitos, grandes y chicos, hombres y mujeres.Lo digo porque hace un par de días, hablando con Zeta, le contaba algunas de estas experiencias, que si he de valorarlo, han sido la mayoría positivas, unas pocas sencillamente pasaron sin pena ni gloria y alguna que otra, podría considerarlas negativas (las menos).Quizás el truco sea conocer gente para pasarlo bien y sin demasiadas expectativas ver qué sale de ello.Así he formado grupos de conocidos (en algunos casos) y de amigos en otros. Sí, también he conocido algún que otro amor nacido de la red.Tal vez de amores hemos hablado mucho y por eso en esta oportunidad me voy a centrar en los amigos.Hace unos cuántos años (como 7 ya) chateaba en una sala de Yahoo española. Evidentemente hice amigos virtuales a patadas... pero allí también encontré a otra mina, delirante como yo: Anita.
Ana es de Buenos Aires, tiene un par de años más que yo, y por afinidades y proximidad nos hicimos amigas al instante.Viajes de una y otra cada vez que podíamos estar juntas... y así llevamos 7 años. A fin de año se casa con su amor conocido en Internet hace 6 años ya. Un español loco, como nosotras que se enamoró de ella y a los 3 meses se trasladó a Buenos Aires para estar juntos. Una loca historia de amor de la que fuí partícipe desde el instante en el que ella me dijo que ese chico de la sala de chat "le gustaba".Tiempo después, y con muchos conocidos en el medio que pasaron apenas dejando su huella, me encontré en los blogs de Clarín.Ahí, de experiencias en experiencias, encontré un grupo de gente con buena onda que se preparaba a reunirse. La verdad, es que no hacía mucho que los conocía, pero casi que mejor: expectativas cero.Así fue que Cherry dijo "presente, yo voy" entre las primeras. Y así fue como un 25 de mayo nacía el Grupo Cinema.
Unos 10 tarados que no se conocían e iban a poner sus caritas al frente.De ese grupo quedamos unos pocos, apenas 4. ¡Pero señores, qué cuatro! La India, Pablo Chachus, Don Karuros y la que suscribe. Nos hemos reunido alguna vez más, a veces el grupo a pleno, otras veces conmigo ausente (razones a la vista) pero sin cortar nunca la comunicación. Al menos un mail a la semana cruzamos seguro (aunque he de confesar que los primeros meses eran varios mails por día).Amigos que me ha n apoyado a la distancia muchas veces más que otras personas que tengo cerca. Amigos que se mueven por mí, que hacen cosas reales, que demuestran su cariño de mil maneras distintas permanentemente.
En otro blog de Clarín se ha formado otro grupo, el "TC Group" con gente que ha pasado por este blog ocasionalmente (Lucía, Cristian, El Profe Sbdar, etc). Ellos son los que el viernes pasado se reunieron y lamentablemente por cuestiones laborales yo no pude asistir.
En este grupo recién nos estamos viendo las caras por primera vez, pero por la calidéz de quienes lo componen, le auguro una bonita relación que está en sus primeras etapas de construcción.Sí, puedo decir que Internet me ha traído muchas alegrías. Muchas personas maravillosas.Puedo desmitificar eso de que "Internet está lleno de locos y enfermitos, de gente fea y gorda, de estúpidos que se pasan el día detrás de un monitor". Puede que todo eso exista, pero hay más, hay mucho más. Hay personas como yo, como vos, como ellos, que valen la pena el atrevimiento. Vale acercarse, acortar distancias, tomarse un café o compartir unas pizzas. Hay personas que te pueden acercar su voz 4 hs. por teléfono y hacerte divertir y pasarla bien. Hay de todo, para todos los gustos. Es un mundo de cercanías y hechos, de cafés, viajes y aventuras. En cada uno está el valor de atreverse a vivirlo.

Y espero ansiosa la reunión de la Comunidad de CaC... a la que espero poder ir (todavía no confirmé porque no estoy segura de sí podré ir... ¡cruzo los dedos para poder ir a dar el presente!)

jueves, 27 de septiembre de 2007

GUARDAR TODO

DESECHANDO LO DESECHABLE!

Seguro que el destino se ha confabulado para complicarme la vida.
No consigo acomodar el cuerpo a los nuevos tiempos. O por decirlo mejor: no consigo acomodar el cuerpo al “use y tire” ni al “compre y compre” ni al “desechable”. Ya sé, tendría que ir a terapia o pedirle a algún siquiatra que me medicara.
Lo que me pasa es que no consigo andar por el mundo tirando cosas y cambiándolas por el modelo siguiente sólo porque a alguien se le ocurre agregarle una función o achicarlo un poco.
No hace tanto con mi mujer lavábamos los pañales de los gurises.
Los colgábamos en la cuerda junto a los chiripás; los planchábamos, los doblábamos y los preparábamos para que los volvieran a ensuciar.
Y ellos… nuestros nenes… apenas crecieron y tuvieron sus propios hijos se encargaron de tirar todo por la borda (incluyendo los pañales). ¡Se entregaron inescrupulosamente a los desechables!
Sí, ya sé… a nuestra generación siempre le costó tirar. ¡Ni los desechos nos resultaron muy desechables!
Y así anduvimos por las calles uruguayas guardando los mocos en el bolsillo y las grasas en los repasadores. Y nuestras hermanas y novias se las arreglaban como podían con algodones para enfrentar mes a mes su fertilidad.
¡Nooo! Yo no digo que eso era mejor.
Lo que digo es que en algún momento me distraje, me caí del mundo y ahora no sé por dónde se entra.
Lo más probable es que lo de ahora esté bien, eso no lo discuto.
Lo que pasa es que no consigo cambiar el equipo de música una vez por año, el celular cada tres meses o el monitor de la computadora todas las navidades.
¡Guardo los vasos desechables! ¡Lavo los guantes de látex que eran para usar una sola vez! ¡Apilo como un viejo ridículo las bandejitas de espuma plast de los pollos! ¡Los cubiertos de plástico conviven con los de alpaca en el cajón de los cubiertos!
Es que vengo de un tiempo en que las cosas se compraban para toda la vida. ¡Es más! ¡Se compraban para la vida de los que venían después!
La gente heredaba relojes de pared, juegos de copas, fiambreras de tejido y hasta palanganas y escupideras de loza.
Y resulta que en nuestro no tan largo matrimonio, hemos tenido más cocinas que las que había en todo el barrio en mi infancia y hemos cambiado de heladera tres veces. ¡Nos están jodiendo! ¡¡Yo los descubrí… lo hacen adrede!!
Todo se rompe, se gasta, se oxida, se quiebra o se consume al poco tiempo para que tengamos que cambiarlo.
Nada se repara. ¿Dónde están los zapateros arreglando las medias suelas de las Nike? ¿Alguien ha visto a algún colchonero escardando sommier casa por casa? ¿Quién arregla los cuchillos eléctricos? ¿El afilador o el electricista? ¿Habrá teflón para los hojalateros o asientos de aviones para los talabarteros?
Todo se tira, todo se deshecha y mientras tanto producimos más y más basura.
El otro día leí que se produjo más basura en los últimos 40 años que en toda la historia de la humanidad.
El que tenga menos de 40 años no va a creer esto: ¡¡Cuando yo era niño por mi casa no pasaba el basurero!!
¡¡Lo juro!! ¡Y tengo menos de 50 años!
Todos los desechos eran orgánicos e iban a parar al gallinero, a los patos o a los conejos (y no estoy hablando del siglo XVII)
No existía el plástico ni el nylon. La goma sólo la veíamos en las ruedas de los autos y las que no estaban rodando las quemábamos en San Juan. Los pocos desechos que no se comían los animales, servían de abono o se quemaban.
De por ahí vengo yo. Y no es que haya sido mejor.
Es que no es fácil para un pobre tipo al que educaron en el “guarde y guarde que alguna vez puede servir para algo” pasarse al “compre y tire que ya se viene el modelo nuevo”.
Mi cabeza no resiste tanto.
Ahora mis parientes y los hijos de mis amigos no sólo cambian de celular una vez por semana, sino que además cambian el número, la dirección electrónica y hasta la dirección real. Y a mí me prepararon para vivir con el mismo número, la misma mujer, la misma casa y el mismo nombre (y vaya sí era un nombre como para cambiarlo). Me educaron para guardar todo.
¡Toooodo!
Lo que servía y lo que no.
Porque algún día las cosas podían volver a servir. Le dábamos crédito a todo.
Sí… ya sé, tuvimos un gran problema: nunca nos explicaron qué cosas nos podían servir y qué cosas no.
Y en el afán de guardar (porque éramos de hacer caso) guardamos hasta el ombligo de nuestro primer hijo, el diente del segundo, las carpetas de jardinera… y no sé cómo no guardamos la primera caquita.
¡¿Cómo quieren que entienda a esa gente que se desprende de su celular a los pocos meses de comprarlo?!
¿Será que cuando las cosas se consiguen fácilmente no se valoran y se vuelven desechables con la misma facilidad con que se consiguieron?
En casa teníamos un mueble con cuatro cajones. El primer cajón era para los manteles y los repasadores, el segundo para los cubiertos y el tercero y el cuarto para todo lo que no fuera mantel ni cubierto.
Y guardábamos. ¡¡Cómo guardábamos!!
¡¡Tooooodo lo guardábamos!!
¡Guardábamos las chapitas de los refrescos!
¡¿Cómo para qué?!
Hacíamos limpia calzados para poner delante de la puerta para quitarnos el barro. Dobladas y enganchadas a una piola se convertían en cortinas para los bares.
Al terminar las clases le sacábamos el corcho, las martillábamos y las clavábamos en una tablita para hacer los instrumentos para la fiesta de fin de año de la escuela.
¡Tooodo guardábamos!
Las cosas que usábamos: mantillas de faroles, ruleros, ondulines y agujas de primus.
Y las cosas que nunca usaríamos.
Botones que perdían a sus camisas y carreteles que se quedaban sin hilo se iban amontonando en el tercer y en el cuarto cajón. Partes de lapiceras que algún día podíamos volver a precisar. Cañitos de plástico sin la tinta, cañitos de tinta sin el plástico, capuchones sin la lapicera, lapiceras sin el capuchón.
Encendedores sin gas o encendedores que perdían el resorte. Resortes que perdían a su encendedor. Cuando el mundo se exprimía el cerebro para inventar encendedores que se tiraran al terminar su ciclo, los uruguayos inventábamos la recarga de los encendedores descartables.
Y las Gillette -hasta partidas a la mitad- se convertían en sacapuntas por todo el ciclo escolar. Y nuestros cajones guardaban las llavecitas de las latas de paté o del corned beef, por las dudas que alguna lata viniera sin su llave.
¡Y las pilas! Las pilas de las primeras Spica pasaban del congelador al techo de la casa. Porque no sabíamos bien si había que darles calor o frío para que vivieran un poco más. No nos resignábamos a que se terminara su vida útil, no podíamos creer que algo viviera menos que un jazmín.
Las cosas no eran desechables… eran guardables.
¡¡Los diarios!! Servían para todo: para hacer plantillas para las botas de goma, para poner en el piso los días de lluvia y por sobre todas las cosas para envolver. ¡Las veces que nos enterábamos de algún resultado leyendo el diario pegado al cuadril!
Y guardábamos el papel plateado de los chocolates y de los cigarros para hacer guías de pinitos de navidad y las páginas del almanaque del Banco de Seguros para hacer cuadros, y los cuentagotas de los remedios por si algún remedio no traía el cuentagotas y los fósforos usados porque podíamos prender una hornalla de la Volcán desde la otra que estaba prendida y las cajas de zapatos que se convirtieron en los primeros álbumes de fotos.
Y las cajas de cigarros Richmond se volvían cinturones y posamates, y los frasquitos de las inyecciones con tapitas de goma se amontonaban vaya a saber con qué intención, y los mazos de cartas se reutilizaban aunque faltara alguna, con la inscripción a mano en una sota de espada que decía “éste es un 4 de bastos”.
Los cajones guardaban pedazos izquierdos de palillos de ropa y el ganchito de metal.
Al tiempo albergaban sólo pedazos derechos que esperaban a su otra mitad para convertirse otra vez en un palillo.
Yo sé lo que nos pasaba: nos costaba mucho declarar la muerte de nuestros objetos.
Así como hoy las nuevas generaciones deciden “matarlos” apenas aparentan dejar de servir, aquellos tiempos eran de no declarar muerto a nada… ni a Walt Disney.
Y cuando nos vendieron helados en copitas cuya tapa se convertía en base y nos dijeron “Tómese el helado y después tire la copita”, nosotros dijimos que sí, pero… ¡minga que la íbamos a tirar! Las pusimos a vivir en el estante de los vasos y de las copas.
Las latas de arvejas y de duraznos se volvieron macetas y hasta teléfonos.
Las primeras botellas de plástico -las de suero y las de Agua Jane- se transformaron en adornos de dudosa belleza.
Las hueveras se convirtieron en depósitos de acuarelas, las tapas de bollones en ceniceros, las primeras latas de cerveza en portalápices y los corchos esperaron encontrarse con una botella.
Y me muerdo para no hacer un paralelo entre los valores que se desechan y los que preservábamos. No lo voy a hacer.
Me muero por decir que hoy no sólo los electrodomésticos son desechables; que también el matrimonio y hasta la amistad es descartable. Pero no cometeré la imprudencia de comparar objetos con personas. Me muerdo para no hablar de la identidad que se va perdiendo, de la memoria colectiva que se va tirando, del pasado efímero.
No lo voy a hacer.
No voy a mezclar los temas, no voy a decir que a lo perenne lo han vuelto caduco y a lo caduco lo hicieron perenne.
No voy a decir que a los ancianos se les declara la muerte apenas empiezan a fallar en sus funciones, que los cónyuges se cambian por modelos más nuevos, que a las personas que les falta alguna función se les discrimina o que valoran más a los lindos, con brillo y glamour.
Esto sólo es una crónica que habla de pañales y de celulares.
De lo contrario, si mezcláramos las cosas, tendría que plantearme seriamente entregar a la bruja como parte de pago de una señora con menos kilómetros y alguna función nueva.
Pero yo soy lento para transitar este mundo de la reposición y corro el riesgo que la bruja me gane de mano … y sea yo el entregado.
Y yo…no me entrego.

Marciano Durán.

Y cuánta razón tiene! La verdad es que quería hablar un poco de este tema que siempre toco. Como vamos perdiendo cosas: tradiciones, costumbres, valores. Este ir vertiginoso hacia ¿el futuro? que nos hace perder tantos momentos, que nos obliga a estar todo el tiempo "actualizados" a comprar compulsivamente, a cambiar de pareja como de... calzón... sí, que carajo! como de calzón! (me dá igual si suena viejo lero lero). Y encima con tantas ganas de decir cosas y tan poco tiempo! (maldito SXXI). Por suerte llegó a mis manos este escrito de Marciano Durán que dice casi lo mismo que quería decir yo (y que seguro no me hubiera quedado tan bonito). Así que... ustedes que opinan?

NOTA: Se ha corregido el texto publicado anteriormente y el Nombre del autor que antes figuraba equívocamente como "Eduardo Galeano", que no es el autor del texto, sino el Señor Marciano Durán. Lamentamos este error, pero confiando en las distintas fuentes que lo habían publicado, lo repliqué tal cual estaba. Agradezco a quienes me avisaron, dándome la posibilidad de corregirlo. Espero que éste suceso no haya resultado perjudicial para ninguna de las partes involucradas. Saludos!

miércoles, 15 de agosto de 2007

NICKS.COM

Que historia se esconde detrás de los nicks?
Todos escogemos nuestro seudónimo por algo. En algunos casos tiene que ver con el nombre, otras veces con alguien que admiramos. Pero los nicks siempre generan polémica.
¡A nadie le gusta que en un mismo foro, blog o chat haya otra persona con un nick parecido! ¡Reconozcámoslo! Por lo general, como no podemos decir nada, optamos por soltar una bromita o decirlo directamente, pero como si fuera una chanza. Pero ¡la realidad es que no nos gusta!.
¿Porqué?
Porque lo elegimos para nosotros, porque nos identificamos con él, porque los demás nos identifican de esta manera.
También existen aquellas personas que utilizan esta posibilidad para escudarse en un pseudo anonimato que presuntamente los resguarda de algo. La más de las veces de una dura crítica. En otras ocasiones se utiliza para criticar a alguien que nos resulta allegado y a quien tememos herir atacándolo con nuestra propia identidad.
Podemos decir que esto último está mal y que si existe una especie de amistad, una afinidad manifiesta, deberíamos de dirigirnos a esa persona con absoluta confianza de que entenderá que podemos o no estar de acuerdo en ciertas cuestiones pero que el respeto y cariño no se verá modificado por ellas. Pero ese es otro tema.
Lamentablemente para aquellos que utilizan esta posibilidad como un escudo, por la forma de escribir, de pensar, de dirigirse al otro, puede fácilmente dilucidarse al autor del mensaje.
Y, para todos aquellos que se ufanan de utilizar como firma su nombre y apellido, estos también tienen la capacidad de generar otros mensajes, con otros nicks. ¿Qué quiero decir? Que utilizar como nick el nombre y apellido no es garantía u aval de nada.
La verdad es que a mi me parece encantador poder disfrazarse de alguien o algo que nos identifica... o incluso, ponernos ese nombre que nos gustaría llevar en nuestro D.N.I.
¿Qué más da si es ficticio o real? La verdad de la milanesa, es que todas estas actitudes tienen mucho más que ver con la personalidad y transparencia de cada uno, que con el seudónimo que utilice. Si cuando comento algo uso mi seudónimo de siempre, todos sabrán que la que habla soy yo. Y no importa quien lo dice, sino que existe alguien en el mundo que piensa eso. Si me insultan, ¿importa realmente quien me lo dijo? ¿No es acaso más importante saber que alguien, sin importar quién, siente esa rabia o enojo hacia mí? ¿Tengo que analizar menos este hecho porque la persona que firmó no se atrevió a poner su nombre?
¿Qué haría si supiera sus datos? ¿Buscarlo para pegarle? ¿Ir a pedirle explicaciones a su casa? NO. Entonces ¿en qué me modifica saber su apellido o no?
Yo tengo un nombre y apellido, como todos, pero la que habla siempre soy yo, esta persona que escribe, sin importar como firmo. Cereza son las mismas experiencias, formas de pensar, de actuar y de decir, que las del nombre que me acompaña desde que nací. ¿Qué beneficio obtengo de usar un nick? Digo, aparte de utilizar un seudónimo que me gusta, al que le tengo cariño y que me acompaña hace ya 4 años.
Antes de eso en Yahoo fui "Desdémona", "Scherezhade" y "Piyina", en Hotmail "cereza_tango" y ahora en los blogs "Cherry" o "cereza" a secas. Siempre informé a mis ciberamigos de estos cambios... y siempre fui, soy y seré: YO. ¿Eso me convierte en una persona menos confiable? Humildemente, pienso que no.
Otra cosita sobre los nicks y retomo lo que comenté al principio. Todos tienen una historia.
Allá por el año 2001 ingresé al chat de Yahoo como "scherezhade", este nick lo cree por la princesa de las mil y una noches, claro está. Pero también porque casualmente estaba informándome sobre la situación de las mujeres en Oriente Medio para un trabajo de la carrera que estaba cursando, y como no podía ser de otra manera, éste también era el nombre de la protagonista. La princesa de las mil y una noches era dulce, inteligente, valiente y contaba unos cuentos maravillosos. La protagonista del libro era una mujer fuerte, atrevida, de ideas avanzadas.
El de "desdemona" surgió de una broma entre amigos en que yo le hacía una especie de escena de celos a uno de ellos y otro comentó la semejanza con el personaje de Shakesperare. Eso me recordó la novela que tanto me había fascinado cuando le leí. Una historia de amor desencontrado y pasional que siempre me atrapó. Por esa razón me lo quedé y lo usé por mucho tiempo.


Cereza surgió de mi afición al comic manga y hentai japonés. Dónde la flor del cerezo y su fruto aparece siempre por ser la flor nacional. Me gusta porque es suave, blanca, sencilla, dulce. Me gusta su fruto por delicado, tentador, exquisito y dulce. Antes iba unido a lo de tango por identificar mi procedencia y porque, en esa época tomaba clases de este baile que considero sensual, atrevido, romántico y delicado, preciso, tumultuoso en cuanto a lo que transmite y de gran estilo.
Mi pregunta es: ¿Que opinan de todo esto? ¿Qué historia se esconde detrás de sus nicks?